Sorpasso

Por su bautizo unos amigos nuestros le regalaron un árbol de madera con perchas que ha estado en su habitación muchos años, testigo de toda su infancia. No sólo sirvió para colgar la ropa y las mochilas: también fue su medidor. Cada varios meses hacíamos la ceremonia: se descalzaba, pegaba su espalda al árbol, y yo marcaba con una señal la progresión de su estatura cerciorándome de que no hacía trampas poniéndose de puntillas. Hay muchas marcas, de dos en dos, de tres en tres centímetros, los peldaños de su crecimiento.
 
Hoy, por primera vez, hemos comprobado que me supera en uno o dos centímetros. Lo venía sospechando este mes de agosto, pero no llegué a reconocérselo hasta comprobarlo en condiciones. Hoy se ha constatado el sorpaso, y ya puede empezar a mirarme por debajo del hombro.
 
Me ha dado por pensar que es un momento mágico: el hijo supera al padre. Quizás es el momento de empezar a pensar que casi todo está ya hecho, y que pronto, muy pronto, aunque todavía le quedan tres años de estar sujeto a la patria potestad, ya puede sentirse emancipado. ¿Misión cumplida? Ya sé, hay otras estaturas; habrá cosas en las que uno todavía puede seguir procurando ser una referencia, habrá empeños en los que aún debo señalarle un listón más ambicioso, pero yo creo que algo cambia definitivamente cuando para mirarlo a la cara ya no tienes que inclinar la cabeza hacia abajo.

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