Lo más que podía perder era una mañana.

Escaleras, Centro Comercial, Tienda

Sábado y sin ningún compromiso. Me dijeron que si estás dentro del rango de edad a los que están vacunando con Astra-Zeneca podías ir aunque no te hayan avisado. Enseñas el DNI y pones el hombro. Están sobrando vacunas, porque un porcentaje de los convocados no acuden, y las autoridades están tan interesadas como yo en que me vacune. No te van a pedir el SMS de aviso. Lo más que podía perder era una mañana, me dije; una mañana de sábado en la que no tenía ni plan ni compromisos.

Allá fui, para ver si, además de lógico y razonable, era verdad. Pese a que FERMASA (el lugar de la vacunación masiva en Granada) es un espacio inmenso, no acababa de encontrarlo. Las señales eran confusas, y acababa en naves, gasolineras o callejones. Por fin, a la tercera vuelta, vi la gran verja metálica de la que me hablaron, pero estaba cerrada. Sábado y no vacunan. Los sanitarios tienen que descansar, pero es extraño que se pierdan dos días de cada siete en el empeño número uno de la sociedad.

Ya que estaba por allí, me decidí a acudir al gran centro comercial al que sólo voy con mi hijo el día de San Juan para hacerle un regalo. Tenía cosas que desde hace semanas pienso que algún día debería comprar: un taburete, una camisa, una bandeja, unos auriculares, un libro, qué se yo. Consigo aparcar. Todo va bien. Como el centro también alberga un Mercadona, cogí las bolsas de la compra y las coloqué en la axila (en realidad, en el "sobaco", vamos a no ponernos estupendos).

Pero el Centro comercial es muy grande, tiene calles y plazas, techos altísimos, escaleras mecánicas, dispensadores de gel alcoholizado en todas las esquinas, y para colmo música ambiental. Voy dando bandazos aleatorios, que también me llevan a establecimientos de venta de cosas que no necesitaba.

¿Un taburete? Sí, muchos, pero de diseño y carísimos. ¿Unos auriculares? Espere que viene el de sonido, pero tarda en llegar y me convenzo de que en realidad no necesito nuevos auriculares. ¿Una bandeja? Sí, la de uso normal se rompió hace semanas, pero si yo apenas sé distinguir las bandejas de las tablas para cortar queso, y además, las bandejas-bandejas, tienen demasiadas flores. ¿Qué hago yo eligiendo bandejas? Me siento extraño. ¿Camisa? Camisetas hay por todas partes, pero eso de camisas... ¿De qué color? ¿Cuál era mi talla? Bah, cualquier día puedo ir al Corte Inglés. Hay una tienda de ropa de deporte, y me acuerdo de que alguna vez he echado de menos una sudadera... Pero hay tantas, que me da una pereza infinita empezar a mover perchas, mirar tallas, elegir color, descartar capuchas y leyendas estrambóticas. Demasiado juvenil todo. Total, ya llega el verano, y no hacen falta sudaderas. Sigue la música ambiental, y las bolsas en el sobaco, y la gente habilidosa que sabe manejarse en los centros comerciales con gran destreza, incluso con niños que piden chuches.

Empiezo a atosigarme. La mañana ya va avanzada, y no he comprado nada. Quizás lo que puedo hacer es entrar en Mercadona, aunque entonces ya debo bajar al coche y dejar la comida en el maletero y marcharme. Me quedo literalmente paralizado en medio de un hall inmenso, sin saber si avanzar, retroceder, mirar a derecha o a izquierda. Con las bolsas en el sobaco. Con la música ambiental cansina y plana. Veo al fondo el rótulo de FNAC, y me acuerdo del libro, pero me da por pensar que a mí lo que me gusta es entrar en una librería del centro, Picasso, por ejemplo, y hablar con Claudio, el mejor vendedor de libros del mundo, así que no quiero desperdiciar el momento de comprar ese libro: no quiero que los libros huelan a centro comercial. Iré a comprárselo a Claudio.

Llama mi hermano y me sugiere una cerveza. Era el momento exacto, porque me estaba sintiendo físicamente mal. Me acuerdo del síndrome de Stendhal, pero más bien era el síndrome de Ikea: claustrofobia, en un lugar tan inmenso lleno de cosas que te imaginas fácilmente en tu casa, pero qué largo el trayecto desde el escenario donde están expuestas hasta que las montas en tu casa y se quedan plantadas como flores de otro lugar. Le digo a mi hermano que esa cerveza es imprescindible: por fin algo inequívoco que me defiende del vértigo. Él dice que puede acercarse al centro comercial, pero me niego en redondo. Quedamos en "El rincón de Cristóbal".

Pero, claro: ¿dónde había dejado el coche? El aparcamiento es como un campo de fútbol con columnas, carteles de salida, carros de la compra abandonados, y ningún punto cardinal. Completamente desorientado. Pulso el botón de apertura automática de las puertas, y no veo luces. No, no es la primera vez que me pasa, y ya sé que hay que fijarse en el área en que has dejado el coche: por ejemplo, 25-H. Pero se me pasó, porque quizás al cerrar el coche estaba pensando en que los fines de semana deberían seguir vacunando.

"Caballero", me dice alguien, con aspecto de haber nacido en un centro comercial, "se le ha caído una bolsa".

3 Respuestas

  1. Paz

    Yo tampoco quiero que mi libro huela a centro comercial.Tú irás a comprárselo a Claudio y yo a Pitu (Carmen) Genial tu post, Miguel .Será porque me he sentido plenamente identificada.Será también por esa ironía que tanto me gusta. Será porque nos pasamos por el sobaco tanto postureo para y con el que no nacimos.Haces bien, mejor disfruta con tu hermano y una cańa ya que no pudiste optar al chupito de AstraZeneca.Yo lo hice ya ¡ y sin resaca ! Abrazo gigante y sesentón…a mucha honra.

  2. “Le digo a mi hermano que esa cerveza es imprescindible:por fin algo inequívoco que defiende del vértigo”
    Gracias por expresarlo tan bien!!

  3. ¡Genial! Hace poco me pasó algo parecido en un centro comercial de la sierra madrileña, que incluía un inmenso Alcampo lleno de ruido y colas bien ordenadas en las diecisiete cajas, además de veintidós tiendas circundantes de cosas inultimente necesarias. Me di la vuelta añorando El Corte Inglés…

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