Cables

El del cargador de todo lo recargable, el que une el altavoz al amplificador y éste al reproductor; el de la tostadora, el exprimidor o la batidora; las lucecitas de navidad, el flexo de la mesa de escritorio, el cable de la plancha, el de la estufa. Luego están los cables veteranos, tíos abuelos ya, esos que se pusieron hace años y no se ven ni se tocan: el del frigorífico, el lavaplatos o el microondas, la impresora, el aplique de la mesa de noche, o los que recorren los suelos y las paredes y conectan con esa maraña que enreda el planeta sin solución de continuidad, desde aquí a las antípodas, atravesando océanos y estepas.

Vivimos en un mundo inalámbrico lleno de cables. Casi todo lo que se vende presume de unas horas libres de autonomía. Por las noches, cada aparatito (el móvil, el reloj deportivo de pulsera, la cámara digital si has viajado el fin de semana, los auriculares bluetooth, la petaca de Iqos, la tablet, el ordenador portátil, la lámpara recargable, el e-book) vuelven a sus puestos, cada uno en uno de los cables que, como culebrinas, serpentean desde los enchufes de salón, dormitorio y cuarto de baño, y a través de ellos, en las horas de nuestro sueño, se globalizan, de nutren de la madre Tierra y quizás conversan con otros aparatitos de Ghana, Australia o Noruega que están recargando energía para el mundo inalámbrico del día siguiente. Acaso hablen entre ellos de nosotros, se cuenten lo que hemos dicho, hablado, oído, leído, caminado, escrito, y todo eso alimente al Big Brother Data cada vez más parecido a Dios, con sus nudos sacramentales, su intrincada Santísima Trinidad de renovables, no renovables y furtivas, con las Sagradas Escrituras del Sol, el carbón, el agua y el viento del espíritu que ya no mueve veletas sino gigantes en forma de molino, con las catedralicias Centrales Eléctricas, las crisis de fe de los interruptores, esa letanía que se repite en todos los hogares a cualquier hora (“¿dónde está el cable?”) y la Alta Teología de la Inteligencia que llamamos Artificial pero es Divina, porque sus caminos son inextricables, salvo para los benedictinos informáticos, esos místicos modernos que sólo entienden de unos y de doses, porque el tres y la síntesis quedan para los jesuitas y los filósofos.

No está claro qué alimenta a qué a través de los cables: si la red eléctrica a los aparatos, o éstos a la red. Seguramente el flujo es bidireccional. Y esa malla sostiene la apariencia inalámbrica en la que creemos vivir de día.

Cables en el coche para que Google Maps nos lleve en la buena dirección sin agotar las reservas; cables en el bolsillo por si una urgencia; cables que fallaron y se dejaron en un cajón, quizás el mismo donde quedan algunas pilas cuaternarias de aquellas gordas que servían para el radiocassette que ya acabó en el Punto Limpio. Cables de acometida, hileras de cables llevados por las montañas a lomos de esos MadelMan gigantes, hercúleos y metálicos que sustituyeron a los postes de madera que mirábamos desde la ventanilla del tren. Cables de alta tensión, cables de ethernet, cables soldados a microchips, alargaderas, cables de ladrones de enchufe, cables de HDMI, una inmensidad de cables necesaria para vivir el aire libre e inalámbrico nuestro de cada día (dona nobis hodie, que ya no recuerdan el padrenuestro en latín), como si la luz viniera de un candelabro, el calor del fuego, el frío del hielo, la tracción de una pareja de bueyes, la melodía de un instrumento de cuerda y las imágenes en la pantalla, del viento. Wireless.

La de cables que hacen falta para vivir sin cables.

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