Noviembre desde la ventana

Fotografía extraída de https//diariopresente.mx

En Granada seguimos sin terrazas ni apenas comercio. Se puede trabajar, se puede pasear, se puede comprar comida y estar en casa, pero la ciudad, a partir de la hora en que cae el sol, por más luces de navidad que empiezan a aparecer, tiene aire de desolación, o quizás de resignación. Hay gatos, árboles y farolas que parecen elementos de un cuadro o una fotografía de un nocturno deshabitado. En la primavera confinada, al menos, las tardes se alargaban día a día, y no se dudaba de la expansión del verano que se veía llegar por el horizonte.

No todo es gris, aunque hoy esté lloviendo todo el día. Algo tienen los días de lluvia que hacen mirar atrás, como si fuese un día recuperado del pasado, una mañana en la escuela en que no se podía salir al patio del recreo. Es fácil encontrar un recuerdo grande cuando miras por la ventana la calle mojada. Si el calor aplastante de un mediodía de agosto en la plaza vacía de un pueblo es lo más parecido a la eternidad, algo de eterno tienen también las noches de lluvia: el tiempo se detiene un instante, abre una grieta en la continuidad del tic-tac, y el infinito gotea desde el tejado y se condensa en charcos que reflejan luces imposibles.

No todo es gris en este grey Friday, ni en este noviembre total. La curva está sujetándose, y eso da sentido a este tipo de vida entre paréntesis. Las vacunas van a llegar, y digan lo que digan van a ser el más eficaz dique para un bicho que no entiende de leyes y sólo quiere proliferar. Incluso los jóvenes, principales víctimas de la restricción del ocio, están adaptándose, y se conforman con pequeñas transgresiones: cuando todo pase, también tendremos que agradecerles el sacrificio que hacen por sus padres y sus abuelos.

Puede que sí, que algunos estén intentando aprovechar el virus para restringir derechos, ensayar fórmulas de control social, o favorecer ciertos sectores comerciales y productivos. Pero si la consecuencia de esa sospecha es desconfiar de las medidas de contención y propugnar terreno libre para el azar de los contagios, la cuestión se torna espinosa y acaba en la insolidaridad. Porque es cierto que muchos contagios son inocuos, muchas vacunaciones no serán más eficaces que las propias defensas, muchos pasan la infección como un resfriado o una gripe común, pero la buena pregunta no es si cada mascarilla, cada distanciamiento, cada reducción de aforo, cada medio día sin una cerveza con los amigos o cada prohibición son imprescindibles para evitar una muerte; la buena pregunta es si no estamos dispuestos a soportar todo eso por ese porcentaje de casos en que sí puede ser decisivo.

Los accidentes son así: es estadísticamente seguro que todos los años va a haber accidentes, pero cada uno habría podido evitarse. Lamentamos cuando se consuman, querríamos haber corregido cualquier pequeño detalle del curso de las cosas que fue decisivo para que la furgoneta colisionara con la moto en la rotonda, pero es imposible percibir de cuántos nos hemos librado por salir cinco minutos más tarde, por parar en una gasolinera y no en otra, o desde luego por respetar una señal de circulación. Cualquiera de nosotros hemos estado a punto de ser atropellados fatalmente alguna vez; otros sí lo fueron sin más culpa que nosotros. Las medidas anti Covid-19 sólo tienen sentido si se perciben así: como un enorme esfuerzo de solidaridad hacia tantas personas que nunca llegarán a saber que salvaron su vida gracias a alguna de ellas.

Toca seguir entre paréntesis. Mirando por la ventana en fin de semana. Más vida en las casas iluminadas que en las calles mojadas. No puede ser más noviembre. 2020 está a punto de enfilar su tramo final.

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