Malhumor.

Dedicamos tiempo y esfuerzo a aprender muchas disciplinas y a adiestrarnos en muchas habilidades: hablar idiomas extranjeros, resolver ecuaciones, conocer la historia, nadar, montar a caballo, cocinar, dar el revés con las dos manos, manejar programas informáticos, conducir, pescar con cucharilla, mondar la naranja con cuchillo. Nos enseñan a llevar la contabilidad, a rezar, a reciclar, a cambiar un fusible, a reservar por internet, a cuidar el colesterol. Queremos ser mejores, más útiles, más preparados, hombres y mujeres de nuestro tiempo con un patrimonio de conocimientos y destrezas cada vez mayor. Debe formar parte del ansia de felicidad y espíritu de superación propio de nuestra especie.
 
Pero tenemos un enorme déficit de algo tan importante como es el buen humor.  Porque se terminan las vacaciones, porque la hija nos contesta mal, porque el padre nos regaña, porque hace calor, porque el ministro ha dicho una tontería, porque la cerveza no está del todo fría, porque el coche de delante va muy despacio, porque hemos vuelto a fallar el golpe de revés, porque el Banco nos ha cobrado una comisión de 2 euros, porque la cola avanza muy lenta, porque henos olvidado las gafas, porque Gasol ha fallado una canasta, porque Cristiano tiene más tableta y más dinero que yo, porque la moto no arranca al haber estado parada en agosto, porque hay que pagar el IBI, porque el amigo no coge el teléfono.
 
¿Hemos aprendido manejar los resortes del buen humor? Algunos los sabemos por intuición, pero es habitual que nos encontremos malhumorados sin saber por qué, indefensos al no conocer las causas ni los remedios. Y acabamos pensando que es cuestión de carácter, de cansancio, y que el único esfuerzo que podemos hacer es el de disimularlo para no salpicar a los demás. O esperar a que "escampe".
 
No es verdad. Igual que la memoria, la inteligencia o la generosidad, el buen humor puede educarse. Es demasiado importante como para que lo dejemos al azar de los efectos del café, del pie con el que nos levantamos o de si hemos comido ya o no. Una actitud positiva ante los nimios detalles en los que se enredan nuestros días (que son los que parecen causar nuestros cambios de humor), puede aprenderse. El ánimo tiene teclas, resortes, recursos algo más complejos que los de un ordenador, pero no absolutamente indescifrables: la observación atenta de nuestra experiencia sería suficiente como para mejorar sensiblemente nuestros niveles de buen humor y contribuir así al cuidado del medio ambiente anímico.
 
Propongo una conspiración, cada uno consigo mismo, en contra del malhumor. Ahora, a primeros de septiembre, es un buen momento para intentarlo: son días propicios para experimentar.
 
Pero aquí tengo que detenerme, porque cada cual es quien tiene que encontrar su propio programa de aprendizaje y adiestramiento en el buen humor y en el destierro de las diferentes formas de malhumor. Sólo me atrevo a un consejo, de tipo lingüístico, y por tanto radical: quizás hay que comenzar cogiendo un cuchillo y separando la palabra en dos: ¿por qué malhumor se escribe como una sola palabra, y sin embargo no puede escribirse "buenhumor"?. Comencemos cambiando el vocabulario: yo propondría escribir y pronunciar "mal humor", así, como dos palabras diferentes que se unen circunstancialmente en una frase, en un momento, en una situación. No llegar nunca al "malhumor", como un estado permanente capaz de provocar una palabra para definirlo.
 
El camino, pues, podría ser este: pasar del malhumor al mal humor; del mal humor al buen humor; y del buen humor al buenhumor. Sólo académicos malhumorados podrían censurárnoslo.
 
Yo voy a intentarlo.

1 Respuesta

  1. Anónimo

    Otra más: maltrato/buentrato
    ¿Será el triunfo del mal?

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