Tanto ruido.

                                                  (Saltar publicidad, y escuchar mientras se lee). "Ruido", J. Sabina.

Obama ha alertado sobre la charlatanería política en Estados Unidos (http://internacional.elpais.com/internacional/2015/07/27/actualidad/1438013363_929794.html ). El Papa Francisco también ha lanzado varias veces una cruzada moral contra lo que considera otro pecado capital: el chismorreo ("Antes de chismorrear, un cristiano debe morderse la lengua, (...) y hará bien, porque la lengua se hincha y no podrá hablar, ni chismorrear", dijo, un poco antes de aludir al "terrorismo del chisme"). ¿Es que va todo tan bien que nos tenemos que ocupar de menudencias, o es que la charlatanería y el chismorreo están subiendo de grado en la escala de la maldad?

 
El charlatán no es el que habla mucho, sino el que habla porque no puede estar callado. Es el que prefiere el ruido de palabras amontonadas a un silencio incómodo. Hay charlatanes profesionales, que tienen una cuota de pantalla o una audiencia fija a la que hay que nutrir como sea cada mañana o cada noche: ellos tienen la desgracia de que no pueden permitirse el lujo de no saber qué decir. Tienen que hablar de cosas que mejoren a los cortes publicitarios. Si la jornada suministra noticias interesantes, todo es fácil: basta con repetir, conectar con, presentar un gráfico improvisado sobre, pedir la opinión de, etc.; pero si no, si el día sólo trae noticias planas, su pericia consiste en hacer parecer interesante lo que cuentan. Un día y otro, menudo cansancio. Es normal que, entonces, caigan con frecuencia en el chismorreo: se selecciona una estupidez cualquiera, y ya tenemos motivo para reafirmar a los oyentes contra la estupidez de "los otros". Puede ser un profesor que utiliza el plural siempre en femenino, o la más desafortunada frase del peor de los ministros,  el salto al agua del exdirector del FMI, la retirada de un símbolo nacional en alguno de los cientos de miles de lugares de España en los que se exhiben, o un comentario jocoso-machista de un alcalde delante de un periodista. Chismes, detalles que nos permiten fáciles juicios de intenciones, cualquier cosa que nos permita situarnos confortablemente en el lado de los no idiotas, porque no sé si se han enterado ya ustedes de que los idiotas siempre son los otros.
 
El chismoso elige una estupidez para construir (o para destruir) categorías, mientras que el charlatán se enfrenta a categorías sin ni siquiera intentar entenderlas, conformándose con el manual de instrucciones de cualquier ideología. El chismoso vive del zarpazo fácil, de la exagerada exhibición de cualquier gesto que sólo es anormal cuando se amplifica con púlpitos que no se habían buscado, del retrato con teleobjetivo que al seleccionar, descontextualiza el detalle. El charlatán, en cambio,  habla y habla sin relieve ni matices, perdido en una fotografía panorámica de gran angular de la que no conoce ni el todo ni la parte.
 
Todo ello conforma una contaminación acústica insoportable que hace difíciles las conversaciones. Charlatanes y chismosos hacen daño al ecosistema de comunicación pública. Es difícil no hablar de esos ocho temas diarios convenientemente propuestos por quien corresponde, y es más difícil aún enzarzarse en una discusión en la que estemos dispuestos no sólo a llevar razón, sino a ejercitarla, porque con toda seguridad en la charla emergerán los argumentarios de estribillo que hemos oído o leído en espacios que hablan de todo, acaso con brillantez, pero sin ninguna preocupación por el rigor, cuando el rigor exige complicadas explicaciones que no caben en ese espacio, pensado para producir satisfacciones rápidas a sus consumidores. Se trata del ruido que unos venden y otros consumen,  del ruido que desde las plataformas más influyentes se reproduce infinitesimalmente en tantos bares y en tantos hogares, gracias a los varios millones de receptores, que somos cada uno de nosotros bien provistos de una televisión, de una radio, de un teléfono y de un ordenador, y quizás también del aburrimiento y de la falta absoluta de toda tensión moral con algo de grandeza de por medio. Es que resulta muy fácil al de derechas subrayar la tontería bobalicona de un progre sin sustancia o de un revolucionario adanista, e igualmente fácil al de izquierdas escandalizarse por el reflejo fascistoide del más imbécil de sus oponentes. Y así están las redes sociales: generalmente elegimos el detalle más fácil de criticar, llenamos de comentarios la ocurrencia disparatada, y preferimos a los interlocutores más zafios, para no tener duda de que llevamos la razón. Pero todo eso degrada y nos degrada.

Más que molesto, es un ruido insidioso. Un ruido que ocupa espacio, como un cáncer que se reproduce y hace daño por su volumen. La charlatanería y el chisme son inocuos, divertidos y funcionales cuando se producen dentro de sus confines naturales, que son los ratos de charla entre amigos o los programas de humor. Lo que alarma es que se estén convirtiendo en el modo habitual de comunicación política. Siempre he pensado que los políticos son mejores de lo que parecen, y que serían capaces de introducir ideas, debates y dialécticas interesantes, pero que reciben el consejo de "ajustarse al formato". Y como el formato es el zapping y la aparición de veinte segundos en el telediario, hacen denodados esfuerzos por achatarse, empequeñecerse y banalizarse.

El problema no es sólo el ruido. Es que detrás de él está agazapada la furia. Por eso Obama y Francisco I están preocupados.

Y después ya no se escucha más. Es un cuento relatado por un idiota, lleno de ruido y furia,
Sin significado alguno.


(Macbeth)

1 Respuesta

  1. y alguien ha analizado cómo ha contribuido a este aumento de charlatanería y chismorreo la incorporación del "smart"-phone y las redes sociales?.
    y si ha aumentado, ha sido una tendencia gradual, manteniendo la pendiente que traía o un verdadero cambio de pendiente al alza?. tengo la percepción de esto último.

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