Reflexiones no electorales en una jornada de reflexión: cristianismo, derecha cínica e izquierda hipócrita

Recibí, de niño,  una formación nacional-católica de calidad. En realidad, pienso ahora, fue más "católica" que "nacional". En los libros de texto sí se hablaba de Franco y del glorioso Alzamiento Nacional como expresión de una "nación" fiel a su destino, trasunto de todas las leyendas que comenzaban, creo, con Viriato, que más o menos ya enarbolaba la bandera bicolor en nuestro imaginario; pero la institución, las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (SAFA), era de la Compañía de Jesús, y los jesuitas han sabido siempre acomodarse al contexto sin confundirse con él: hubo más cristianismo que patriotismo, más evangelio que nación, más santidad que milicia, más ejercicios espirituales que formación del espíritu nacional, más parábolas que gestas patrióticas. Es verdad que la metodología de enseñanza era inequívocamente adoctrinadora, porque se ponía militantemente al servicio de una Verdad, pero esa verdad llevaba dentro (marca jesuítica) la radical dignidad y libertad de cada persona (cada "hombre", como decíamos entonces), y sobre esa piedra irreductible se edificó una casa con ventanas y claraboyas que hicieron posible la crítica  y un sano escepticismo respecto de todo lo penúltimo que me pusieron a cubierto de fáciles idolatrías.

El franquismo no se cuestionaba ni se combatía en aquella época de las Escuelas SAFA, pero desde luego no fueron tampoco una escuela de franquistas. Franco era como el aire, el suelo o el techo: estaba ahí, era lo normal, lo natural, y sólo verlo tan viejo ya en la televisión o enterarte de que tenía una flebitis, te hacía pensar que un día se moriría, y esa sola posibilidad, la de su muerte, era una pregunta inquietante a la que sin embargo no le prestábamos atención. Murió cuando yo ya estaba en COU (fuera de las Escuelas, en el Instituto), y ya había conocido a algunos compañeros de izquierdas que elegían a Lorca para una obra de teatro, organizaban cine-fórums con películas de Saura o de Buñuel, y revistas de estudiantes en las que proliferaban las palabras "democratización" y "participación". Pero para mí quien murió en 1975 no era todavía un dictador, sino el Jefe de Estado, el único al que había conocido en mi vida y a quien hasta entonces en realidad no había cuestionado apenas. Mentiría si dijera otra cosa.

En la Universidad, desde el primer año, ya sí llegaron en tromba, desde la tarima y desde los bancos de compañeros, otros aires. Entonces ya, de pronto, la cuestión no era Franco, sino elegir entre democracia y socialismo, la unidad de España y los separatismos, la República o la Monarquía. Pero casi nadie era franquista. Empezaron a aparecer siglas, a finales de curso se celebraron las primeras elecciones (las constituyentes de junio de 1977), y en aquel fragor en el que no acababa de orientarme, yo me aferré a lo que consideraba una ideología solvente, robusta, fiable: el cristianismo. Eso me distanciaba de algunos aspectos que calificaba de secundarios y me permitía descreer de las siglas, y no quedar atrapado en ninguno de los bandos políticos de mis compañeros: en los dos tenía muy buenos amigos y en los dos encontraba a gente inteligente, bien preparada, y capaz de decir cosas interesantes. Aprendí a relativizar y a huir del confort del "nosotros", porque fui parte de "nosotros" muy distintos. Es cierto: fue a partir de entonces cuando el cristianismo pasó de ser un conjunto de dogmas y de normas y de fervores, para empezar a ser más bien un pensamiento. A eso se le llamaba, en aquella época,  "personalizar la fe". Cierto también que de tanto personalizarla, con los años, se fue relativizando más y más el Credo, la confesión católica, y me fui quedando con lo que me gusta llamar la "mejor tradición cristiana", que no era en absoluto rival, en política, de la tradición socialdemócrata. y sí en cambio se alejaba del inicial nacional-catolicismo que en mi entorno, con las debidas adaptaciones a un contexto democrático, no pocos mantenían vivo. Era, el mío, un cristianismo que en vez de elegir la etiqueta de liberal o de socialista se esmeraba en distinguir los medios de los fines, inmune, desde luego, a los dogmatismos políticos: lo importante era la pobreza, la no violencia, la justicia, y un cierto cosmopolitismo ideológico. Ni la revolución, ni la nación, ni la propiedad privada ni el tratamiento legal del aborto, ni el orden público ni la prosperidad económica tenían tanta importancia como la honestidad.

Sigo mirando atrás, y encuentro otra evidencia: a partir de cierto momento, lo que más me molestaba intelectualmente era que se utilizase la religión como argumento a favor de la derecha política (la izquierda simplemente adornó a veces algún argumento con toques religiosos, pero siempre fue algo marginal). Ese malestar no fue  una reacción de izquierdista, porque yo no lo era; se trataba de una reacción como cristiano. Entendía que eso empequeñecía mi "pensamiento". Y probablemente fue eso lo que me llevó, por reacción,  a planteamientos que, sin ser propiamente de izquierdas, desde luego sí eran de no-derecha.

Ahora el escenario es bien diferente. Aunque Vox utilice ciertos estribillos de la mano de algunos movimientos ultracatólicos que quizás puedan hacer mella en algunas personas (predominantemente mayores), en realidad el argumento "religioso" ha perdido mucha importancia electoral. No sólo porque haya menos cristianos, o porque el pensamiento cristiano esté dejando de ser hegemónico: es que ha sido sustituido por otro fervor, que es la nación. Y, sobre todo, porque ha ganado altura (o, si lo prefieren, ha tomado distancia) respecto de los asuntos que hoy marcan las diferencias entre unos partidos políticos y otros. Hoy día es absolutamente normal ser o sentirse cristiano, con una intensidad u otra, y pensar radicalmente diferente en casi todas las cuestiones políticas que andan por ahí dando vueltas. Eso no significa indiferencia, sino más bien que el mundo cristiano tiene tanta pluralidad interna como tiene la sociedad. No es que se haya convertido en un significante vacío; pero sí que, cuando uno dice "yo soy cristiano", tiene que seguir explicando si quiere hacerse entender.

Desde hace un tiempo me he hecho la pregunta de qué significa en mi caso. O, más exactamente, me he preguntado qué es para mí lo específica e irrenunciablemente cristiano. No me refiero a las creencias: respecto de ellas, bastaría con la definición del teólogo Rahner : "lo simplemente cristiano del cristianismo es Jesucristo". Esa frase podría dejarnos varados en la salida, o llevarnos tan lejos como quisiéramos. Me refiero más bien a qué preocupaciones, qué prioridades, qué puntos de vista son los que yo considero intelectualmente irrenunciables, precisamente por ser o sentirme cristiano. La respuesta no está aún del todo afinada, pero en la vida no es malo atreverse a dar respuestas provisionales, aunque sólo sea porque puede servirte para superarlas. Diría que lo específicamente cristiano es el forzoso descarte de cualquier teoría, cualquier propuesta, cualquier método y cualquier objetivo que deliberadamente se desinterese por sus víctimas y por los últimos. Esto requeriría muchas precisiones, que aquí no caben. Desde luego, es un reto intelectual incómodo, y a veces paralizante, porque casi todas las decisiones políticas generan víctimas, y porque siempre, por definición, habrá últimos. Ese es el drama. No hay "receta cristiana" para la reforma laboral, para la imposición fiscal, para la globalización comercial o para la política de inmigración; no hay "receta cristiana" para evitar las víctimas, ni siquiera para identificar al último, y por todo eso no es posible formular una política "cristiana". Lo cristiano no es tal o cual política, sino el esfuerzo ulterior de preguntarse incesantemente por las víctimas y por los últimos.

Y así me quedo: deliberadamente relativista en casi todo, continuamente insatisfecho, paralizado en muchos antagonismos. A estas alturas, en política, más allá de preferencias coyunturales y cambiantes, sólo puedo decir algo con verdadera contundencia: lo que menos soporto es la derecha cínica y la izquierda hipócrita. Me refiero a un tipo de derecha que se desprendió de límites morales como quien se quita un peso de encima, y así ya puede desentenderse tranquilamente de la suerte del trabajador no cualificado, del alumno torpe, del inmigrante irregular, del simplemente extranjero, del que ha cometido un delito, o de los perdedores; y a un tipo de izquierda que cree más en el poder que en los objetivos que dice defender. Pero no piensen en uno o en dos partidos: el cinismo y la hipocresía están repartidos. Ya saben, el cínico es quien desprecia los valores morales; el hipócrita, quien los aparenta. El cínico desprecia la suerte de los débiles; el hipócrita, hace gestos vacíos de compasión.

 

4 Respuestas

  1. Mi abuelo fue un cristiano de los de palabra y obra y muy crítico con la Iglesia y sus clubes de fans. Fue tal su impromta en mi educación que no olvido nunca un chascarrillo que me enseñó antes de hacer la comunión: hay gente que va a a la Iglesia a ver a Dios, son pocos hija. También hay gente que va a ver a todo dios, esos son muchos, pero hay otros que solo van para que todo dios los vea.
    Ahí está el cinismo y la hipocresía.
    La derecha y el nacional catolicismo siempre los he visto más del antiguo testamento, del ojo por ojo, del a Dios rogando y con el mazo dando. Mi cristianismo es más de la buena nueva, de las bienaventuranzas, del perdón.
    Yo lo resumo sencillo: “no le desees a nadie lo que no quisieras para ti ”
    Gracias por compartir algo tan personal.

  2. ¡Mon Dieu!

    La honestidad no es un valor que se presume, sino una virtud de ejercicio permanente tanto para Agamenón como para su porquero; no se dice; se verifica. Esto, al menos, me lo enseñó Popper y otros…

    ¿Cómo se pueden distinguir cinismo e hipocresía en el ojo ajeno?

    «Preguntarse incesantemente por las víctimas y los últimos»…Pregunto; ¿es también un puro efecto ope legis del cristianismo?

    Un cristiano relativista es una incongruencia dogmática de cierta esquizofrenia toda vez que expresa la relatividad de su propia creencia que es tanto como creer y no creer en Dios, lo que puede percibirse como cínico e hipócrita tanto por parroquianos feligreses, como por ateos socialdemócratas…

    Creer no perjudica la salud; pero la relatividad si que afecta a la realidad…

    Consulte con su físico nuclear más próximo

    Pero no lleve guantes

    ¡¡¡ Eppur si muove !!!

  3. Me ha gustado. Pienso que el cristianismo lo que nos aporta es el sentido radicalmente común , lo que llaman doctrina social, que luego algunos intentan aplicar con más o menos éxito.

  4. Este escrito de Miguel Pasquau recoge mi propia experiencia de vida y sintonizo al cien por cien con lo que nos transmite.
    Y lo que más me atrae es el espíritu crítico, reflexivo e incorformista que en él se desprende.

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