Última conversación con Jerónimo Garvín

En esta noche en que Jerónimo Garvín, sin saberlo, se está muriendo, quiero copiar aquí el "retrato" que escribí sobre él con motivo de la comida homenaje por su jubilación. Es la crónica de una complicidad en la que vivimos, como compañeros, durante catorce años. Me alegra saber que no son palabras póstumas: él las oyó, él las leyó, y algunas incluso me las recitó algún tiempo después. No se me ocurre otra manera de acompañarlo esta última noche.

Querido Presidente. Dignísimas autoridades. Amigos de Jerónimo Garvín Ojeda. Trini, Jero, Alfredo, Luis. Jerónimo.

Esta laudatio que tengo el honor de pronunciar no es improvisada. Llevo algún tiempo preparándola,  intentando dar en la clave de lo que merece ser destacado de Jerónimo Garvín. No salió a la primera. Ensayé un discurso basado, como dios manda, en sus virtudes personales y en sus méritos profesionales, pero algo fallaba. La impresión era que se me estaba escapando lo fundamental, lo específico de este hombre. Describía, desde luego, una realidad insoslayable: la trayectoria densa y excelente de un magistrado que ha transitado con solvencia por la carrera judicial al compás de la evolución de nuestro país desde la reinstauración de la democracia, de la que ha sido un testigo -de cargo y de descargo- muy cualificado. Pero tenía la sensación de que no era eso lo fundamental que yo quería decir en una ocasión como ésta. Hasta que me dí cuenta de algo terrible que no sé si sabré explicar: que lo mejor de nuestro amigo, de nuestro compañero Jerónimo, no son sus méritos ni sus virtudes, sino más bien sus defectos.

Porque Jerónimo Garvín es una persona que se entiende mejor, y a la que se quiere más, desde el reverso de sus defectos que desde el haz impresionante y abrumador de su prestigio y de sus logros profesionales. Yo creo que muchos de los que estáis aquí sí sabéis a qué me estoy refiriendo. Me atrevo a decir que quien ha tenido la suerte de tropezarse durante todo este tiempo con sus reacciones desmedidas, con su visceralidad intelectual, con su desbordamiento de afectos y sentimientos, con sus obsesiones, con su ingenuidad casi infantil que se alterna sin solución de continuidad con la lucidez escéptica de quien está de vuelta, con su tendencia a confundir los deseos con la realidad y viceversa, con su incapacidad para conocerse fríamente a sí mismo e identificar lo que puede distorsionar su percepción de las cosas, con sus contradicciones personales, con su amargo derrotismo mezclado insólitamente con una impetuosa voluntad……; quien ha tenido, digo, la suerte de entrar en su recámara personal, ésa que otros sabemos poner a cubierto para no ser delatados, no puede ya dejar de quererlo para siempre, irremediablemente. Son sus defectos los que enganchan, los que crean cercanía y complicidad, y no tantas cosas de las que él podría presumir.

Podría destacar tantos pasajes virtuosos de su vida profesional, podría aludir a su privilegiada experiencia judicial que le hizo testigo de tantas cosas, primero como Juez en Beas y en Baeza, como cofundador de la Asociación Profesional de la Magistratura, como Vocal del Consejo General del Poder Judicial en su primera y virtuosa edición, como titular de un Juzgado inundado de asuntos en Las Palmas, como Magistrado de la Audiencia Provincial de Albacete, como Magistrado de lo Contencioso-Administrativo y de lo Civil y Penal en el Tribunal Superior de Justicia, pero también como Profesor de Derecho Constitucional en varias Universidades, como conferenciante, como conciencia crítica dentro de su Asociación, o como maestro de tantos discípulos opositores; podría destacar todo eso, y entonces habría retratado a un magistrado colosal, un referente de la judicatura española, un jurista curtido que resistiría cualquier comparación y abrumaría a cualquiera de nosotros.     Pero no le estaría haciendo justicia. Lo estaría convirtiendo en una estatua, y no es eso lo que él se merece. Lo que se merece Jerónimo es aquello que ha buscado incansablemente toda su vida: no tanto el reconocimiento, como el cariño. Porque Jerónimo no es de los que se conforman con poco. Él no quiere ser apreciado, necesita ser querido. Eso está en el tuétano de su alma. Pero tampoco simplemente un cariño sensiblero, como el que brota fácilmente en actos como éste que tienen algo de despedida. Más bien un cariño radical, de alma a alma. Tú sabes que es verdad,  Jerónimo: tú valoras más la amistad y el compañerismo que los honores, tú eres un maestro en el arte del querer a pecho descubierto, sin cálculos, sin cuidar la dosis oportuna para cada situación, y eso es lo que te hace único. Eso es lo que te define. Y por eso son tan importantes tus defectos: porque son el precio de tu entrega a los demás. Los que no se entregan, los que saben permanecer siempre en su sitio, son los que consiguen esconder los defectos detrás del espejo de sus virtudes. En el caso de Jerónimo es justo al revés: sus virtudes están pegadas por detrás de sus defectos.

De los catorce años de ejercicio profesional que he compartido con Jerónimo Garvín recordaré muchas cosas mientras no llegue el día en que pierda la memoria. De muchas de ellas ni siquiera soy consciente ahora mismo: están ahí, mezcladas con las enseñanzas de Pepe Cano, forman parte de mi manera de entender esta profesión. Recordaré, desde luego, nuestro método de deliberación continua, de ida y vuelta, en el que yo ponía la duda y la imaginación y él ponía el dibujo, el perfil y los límites: a veces, simplemente, con una risa, como diciéndome que le gustaba la idea, pero que cómo podían ocurrírseme semejantes cosas. Una vez pensé que si nuestras deliberaciones fuesen una sevillana, yo sería la mujer, dando vueltas y trompos y haciendo aspavientos con los brazos, y él sería el hombre, quieto, esperando, y rodeando para que en una de las vueltas no me saliera de la pista. Recordaré algunos consejos sobre cómo instruir, cómo interrogar, cómo abrirse paso entre la hojarasca de algunos expedientes innecesariamente endiablados, cómo distinguir en un asunto entre lo que verdaderamente necesita una respuesta y lo que más bien merece un considerando desdeñoso de formulario. Recordaré sus memorables golpes de lucidez que sirvieron para desatascar decisiones en las que estábamos enredados. También recordaré su flexibilidad y disponibilidad para cambiar de criterio o para admitir las pegas y objeciones de quien, como yo, hacía el camino de ida, cuando él, como me dijo una vez, ya venía de vuelta. Recordaré su amargura al comprobar que este país desaprovechó la oportunidad que tuvo de construir una Administración de Justicia verdaderamente constitucional, moderna, solvente, útil y asentada en bases firmes, en vez de caer en la espiral de la desatención política y las pequeñeces personales, que tanto le han indignado. Recordaré las risas cuando al final de la mañana entraba en su despacho no sólo a pedirle un cigarro, sino también a  preguntarle si estaba seguro de lo que habíamos convenido en firme una hora antes, después de un rato largo de discusión. Recordaré su mirada con los ojos levantados por encima de sus gafas justo cuando está a punto de soltar una lacónica frase que a mí me hacía reír, pero también con frecuencia me hacía volver al cauce de la doctrina segura.

Pero tengo que reconocer que lo que más voy a recordar son sus notas a pié de página, es decir, los comentarios que no formaban parte del texto de nuestro trabajo, ni siquiera de la actualidad de los periódicos del día. Cosas que de repente brotaban no se sabe de dónde, como si su alma fuese un confuso paisaje de charcos y surtidores y él no controlase los grifos. El escenario fue casi siempre el mismo: una visita a mi despacho para quejarse de un contumaz querulante que en seguida derivaba en cualquier otra cosa; o una frase genial que soltaba de pronto, parado en medio de la explanada de la Chancillería, o en el estrecho y cutre ascensor que él prefiere a la maravillosa escalera que conduce a la primera planta, para evitarse el esfuerzo de subir o bajar los peldaños. De pronto me soltaba confidencias extremas, opiniones insólitas, zarpazos de clarividencia sobre la condición humana o aforismos improvisados que concentraban la sabiduría que da la experiencia. He llegado a anotar en un cuaderno algunas de esas frases célebres para que no se me olvidasen. No eran fruto de la reflexión, sino el resultado de un momento de angustia, o de temor, o de desánimo, aunque también, a veces, de lúcida indignación. Tú sabes, Jerónimo, que no todas esas frases podría decirlas aquí, en este acto, sin ocasionar alguna incomodidad, un silencio atronador, o alguna incomprensión.

En una de esas ocasiones me confesó que le angustiaba saber que un día se iría de aquí y no quedaría nada de él. “¿Qué más te da?”, le dije, creyendo que estaba lamentándose de no poder preservar su huella personal del olvido futuro. Y me contestó algo tremendo, que probablemente ni siquiera él recuerde, pero yo sí: “Me estoy refiriendo a mi falta de memoria –dijo-: le debo tanto a tanta gente, que no soporto olvidarme de ellos”.

Hace catorce años menos un día, el 9 de mayo de 2001, recibí una llamada en el móvil que sólo tenía habilitado para llamadas urgentes o de Pilar, que estaba a punto de parir a dos mellizas. Pero no era ella, sino una voz de garganta profunda, que me dijo: “Querido compañero y amigo”. Era Jerónimo Garvín, y lo de “compañero” significaba que esa mañana el Consejo General del Poder Judicial me acababa de nombrar magistrado. Él me dijo que fue otra persona quien me había propuesto, pero esa otra persona me dijo que quien propuso mi nombre fue Jerónimo: me gustó la elegancia de uno y de otro, de no querer venderme ningún favor, porque un tercero me dijo que la idea surgió de los dos al mismo tiempo.

Hace catorce años menos un mes estábamos en Madrid, en torno a la calle Espoz y Mina y la calle Mayor, encargando una toga y comprando una medalla y una insignia para mi jura. La insignia me la regaló él, porque, aunque protesté tímidamente, él me dijo que lo ha hecho con todos los jueces de los que ha sido padrino. La medalla, en cambio, que era muy cara, la pagué yo. Al saber su precio le pregunté si era obligatoria, y él me dijo que por supuesto, y que habría muchas ocasiones en las que tendría que ponérmela. Lo cierto es, sin embargo, que en estos catorce años no me la he puesto ninguna vez. Es esta medalla, y esta es la primera vez que me la pongo.

He recordado muchas veces aquella visita a Madrid. Él estaba ilusionado, yo, más bien, algo asustado (no me refiero al precio de la medalla, sino al nuevo trabajo al que iba a incorporarme). La toga y las condecoraciones iban a ser para mí, pero él no sólo quiso acompañarme. Yo creo que quería recordar sus comienzos, que quería volver a encargar una toga en aquella tienda y volver a empezar a ser juez. Desde entonces, no ha parado de acompañarme. Me apadrinó, como a tantos otros, me orientó para el discurso de la toma de posesión, me llevó de paseo por todos los despachos del TSJ y de la Audiencia para presentarme a todos los Magistrados y Secretarios Judiciales, me presentó también a los camareros del Torres y los churros del Sibari, he visto mil y una veces cómo pedía más mantequilla para la tostada o cómo echaba la pastilla de sacarina en el café mientras humeaba el cigarro en la misma mano con la que lo removía; he ido con él a la farmacia de Don Mariano o al quiosco a verlo “solicitar la excedencia”, que es como él llama a comprar un boleto de la “primitiva”; hemos hablado de política y de religión, de Úbeda y de Granada, de su padre y del mío, de la grandeza y la miseria de las asociaciones judiciales, de los restos del franquismo tan visibles en el miedo a la libertad, del deterioro de la clase política y de sus excepciones, de la poesía y de pintura, del versare in re ilicita y de la alevosía que tantas veces hemos amputado a favor del reo, de la enfermedad de su mujer y de las oposiciones de sus hijos.

Hace catorce años, Jerónimo, cuando yo empecé, tú tenías la edad que yo tengo ahora. Eso es la vida: una cadena, en la que unos nos vamos dando el relevo a otros. Y yo, en esa cadena, me siento afortunado, porque quien me dio el testigo fue un gran hombre y un gran juez.

He buscado en mi diario referencias a Jerónimo. He encontrado muchas en estos catorce años, pero quiero referirme a una de ellas. Era septiembre de 2008, siete años después de mi Jura, y siete años antes de su jubilación. Él no estaba atravesando una buena racha. Leo lo que escribí ese día, aunque no sé si estoy vulnerando su derecho a la intimidad personal:

   En el tribunal, Jerónimo Garvín me cuenta sus penas. No está bien. Teme estar deprimido. Me dice que no puedo entenderlo, porque yo estoy yendo y él está terminando el camino de vuelta. Me cuenta que en agosto, a mitad de un paseo, se le ocurrió pensar qué pasaría si se arrojase a una camioneta que venía de frente. Y que hoy, al bajar del autobús y subir hacia Plaza Nueva, se ha puesto a llorar. Luego me soltó una de sus frases tremendas: “ahí te quedas con tu tragedia, que es ser mi amigo”.

¿Por qué les cuento todo esto? Lo hago para justificarme. Lo hago para que entiendan por qué yo no podría conformarme con hacer una laudatio de nuestro gran Jerónimo Garvín que consistiera en enumerar sus logros. Eso se puede hacer con personajes, pero no con amigos. Yo he tenido la tragedia de ser su amigo, y me he asomado muchas veces a una alma atormentada, confusa, contradictoria pero vigorosa, voluntariosa y honesta. Por eso necesito aludir a sus defectos, a sus turbulencias, a sus desajustes, porque desde ellos puedo señalar con el dedo su grandeza humana.

He dicho “grandeza”, sí. Eso significa que estoy llegando al final. Porque en el cóctel de defectos de Jerónimo, hay uno que nadie podrá encontrar en absoluto: me refiero a la mezquindad. Ese es el antónimo de Jerónimo Garvín. Y hay dos palabras que son el reverso de la mezquindad, y que sí deben comparecer en cualquier semblanza que quiera hacerse de nuestro amigo: por un lado, la grandeza, y por otro la generosidad. La grandeza es en sí misma neutra, simplemente es una talla, y él se ha pasado la vida dando la talla. Pero luego está la generosidad. En alguna ocasión he dicho que la principal cualidad de Jerónimo, muy por encima de cualquier otra, es la generosidad. Él ya sabe que eso es lo que pienso de él, pero nunca le he dicho por qué. “Algún día te lo explicaré”, le avisé una vez. Ahora voy a hacerlo. Es muy fácil. Basta con leer despacio las cuatro acepciones de esa palabra según el diccionario. Sin necesidad de hacer comentarios o glosas, esas cuatro acepciones son cuatro trazos que conforman un retrato fiel de Jerónimo Garvín.

            - La primera: “Inclinación o propensión del ánimo a anteponer el decoro a la utilidad y al interés”.

            - La segunda: “Largueza, liberalidad”.

             - La tercera: “Valor y esfuerzo en las empresas arduas”.

             - Y la cuarta, la que a él más va a gustarle: “Nobleza heredada de los mayores”.

Quizás debí empezar por aquí, pero entonces habría acabado pronto, porque en realidad esas cuatro cosas son lo que, definitivamente, yo puedo decir en público de nuestro amigo Jerónimo.

Querido Jerónimo: déjame que termine diciéndote que sí, que claro que ha merecido la pena. También tus anhelos, que en el título de las memorias que estás preparando te atreves a llamar “anhelos rotos”. No sé si serán rotos, pero mira enfrente de ti y comprueba cuantos amigos tienes. Ha merecido la pena.

3 Respuestas

  1. IMPRESIONANTE ÚLTIMO REGALO DE REYES MIGUEL!

    Me quedo con este cofre de perlas:

    «Me cuenta que en agosto, a mitad de un paseo, se le ocurrió pensar qué pasaría si se arrojase a una camioneta que venía de frente. Y que hoy, al bajar del autobús y subir hacia Plaza Nueva, se ha puesto a llorar. Luego me soltó una de sus frases tremendas: “ahí te quedas con tu tragedia, que es ser mi amigo”.»

    Un saludo

    • Sí, fue una frase tremenda, Aramis. Saludos.

      • Por tu expresión “frase tremenda” me inclino a pensar que te refieres principalmente a la última frase de tu cita con lo que entiendo que expresas la tristeza de una pérdida.

        Sin embargo no es ahí donde yo sitúo el valor del cofre, sino que es en la idea de la “camioneta” y en el llanto del autobús donde encuentro una profundidad vital muy palpitante…

        Quizás te sorprenda, y por eso te escribo; para señalarte que ese “cofre” no es triste, sino “vital”; vibrantemente vital…

        Al leerlo me conmovió tanto como la parte más salvaje de la opera Carmen (“L’amour est un oiseau rebelle”)… (pocas, muy pocas, representaciones de Carmen logran transmitir lo que esa habanera encierra…)

        Ahora me imagino que no me entiendes… (tampoco me sorprende…)

        Amor y vida es lo mismo y en los extremos se llora y se vibra…

        Verse/imaginarse frente a una camioneta es vibrar; es balancear… Llorar también

        Te recomiendo un libro que es aún más chocante que lo que yo nunca podría llegar a ser. Su autor es también francés como Bizet y se llama George Bataille, lo escribió en 1957, yo lo leí en los 80 y veo una edición de TUSQUETS EDITORES que es de 2007…

        El primer choque te lo doy yo ahora con su título… se llama “El erotismo”…

        el segundo choque te lo dará la portada del libro cuando la veas ( si te animas)…

        y cuando lo abras (si lo abres)… te sacará de dudas…

        Termino con dos citas del resumen del libro de “La Casa del Libro”:

        «El ser humano constantemente se da miedo a sí mismo»
        «la íntima vinculación entre el amor, la pasión y la muerte»

        Un saludo

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