Las instituciones y otros poderes.

Las instituciones (municipales, autonómicas, nacionales, Europas; gubernativas, parlamentarias, judiciales) son el terreno de juego en el que se libra la ardua disputa entre los poderes y la democracia. Sin ellas, sólo habría dominación. Pero sería ingenuo pensar que no hay más poder que el institucional. Los poderes quieren modificar o conservar la realidad conforme a sus designios e intereses, pero, a veces, tropiezan con las instituciones: con un parlamento, con un juez, con un funcionario. Las instituciones también tropiezan con los poderes incesantemente: la realidad no es un trozo de mantequilla moldeable a disposición de las instituciones, sino con frecuencia un pedernal que impone sus condiciones para trazar las carreteras. Los equilibrios y desequilibrios entre poderes e instituciones definen la calidad de una democracia. Tanta más calidad democrática habrá cuanto mayor sea la resistencia de las instituciones frente a los poderes. Tanta menos, cuanto más colonizados estén las instituciones por los poderes, cuanto más se conviertan en un "régimen", en una "corte", o cuantos más caminos encuentren los poderes para sortear la disciplina institucional.

Asociamos las puertas giratorias a la colocación de un ministro en una gran empresa en agradecimiento a sus servicios, pero esas son puertas de salida. Más cámaras de vigilancia habría que poner en las puertas de entrada. En España seguimos sin regular los grupos de presión o lobbies, quizás porque preferimos seguir creyendo que los lobbies no existen. Existen, y quizás lo que habría que hacer es ponerles nombre propio. De lo contrario, anónimos, campan a sus anchas sin ser vistos. Ellos prefieren la invisibilidad.

El sentido institucional no es una ideología. Es transversal. No es cosa de los partidos de centro, aunque a éstos se le suponga especialmente. No es opción ideológica, sino una premisa, incluso para quienes quieren cambiar el marco institucional. Tampoco se trata de indiferencia hacia las decisiones institucionales (un decreto, una sentencia, una ley): pueden criticarse y combatirse. El sentido institucional requiere un consenso básico que no va referido a los contenidos. Se trata de la aceptación del principio de autoridad en democracia. Olviden, por favor, la tan hispana asociación entre autoridad y autoritarismo. No significa que haya que aceptar sus decisiones, sino nada más, pero nada menos, el derecho y legitimidad para adoptarlas. Una democracia constitucional se caracteriza por un reparto claro de la legitimidad y competencias para decidir: quién ha de decidir sobre qué, y cómo se resuelven las controversias sobre si una determinada decisión entraba o no dentro del margen de competencia atribuido a quien la adoptó. Lo demás puede ser popular, puede ser eficaz, puede ser incluso heroico, pero desde luego supone una sustitución de las instituciones por los poderes: mandará quien gane la "guerra", y en la guerra ya se sabe: el margen de daño tolerable es infinito.

Atravesamos en España un "momento ideológico", en el peor de sus sentidos. La ideología es la manera en que antes llamábamos a la posverdad: un filtro que permite deformar tranquilizadoramente la realidad. Hay una excesiva polarización, y un descuido de ese amplísimo espacio de principios en el que, tras el vistoso combate, coincidiríamos una gran mayoría de ciudadanos: ese es, justamente, el espacio institucional. Votantes de partidos radicalmente distintos comparten muchas más cosas de las que creen al leer los periódicos e indignarse contra esto y aquello; pero  en tiempos ideológicos sólo importa lo que permite marcar un gol. El riesgo es que nos quedemos sin fútbol, de tanto discutir la evidencia de las líneas del campo o la capacidad del árbitro para pitar penalti. Es normal que ganar importe mucho, pero sin fútbol, sin árbitro, sin calendario, sin reglamento, sin toda la estructura que lo sostiene, es como si no hubiera balón. Quedaría, sí, la Play Station, cada cual en su realidad virtual gritando a la pantalla, y los poderes ganando terreno sin los estorbos institucionales.

1 Respuesta

  1. Estimado Anónimo, bribón y pecador…

    Ya que nos divertimos tanto te adelanto que me encanta tu optimismo clerical arrasando la dominación en el mundo con un puñado de instituciones purificadas de poderes demoníacos, aunque comparto contigo que ciertamente sería ingenuo pensar que no hay más poder que el institucional. ¡Cierto; muy ingenuo a estas alturas de la película!

    Aunque eso de “tropezar con un juez” debe ser una broma, pues visto lo visto en el presente y en la historia lo normal es que sea el juez quien tropiece con el susodicho «poder», a no ser que hablemos de poderes inferiores, o «quasi–poderes» de poca monta y menos poder, aunque de gran apariencia.

    En cuanto a lo de la calidad de la democracia veo que no has salido todavía del teatro chino pues te falta claridad en las lentes dado que si la Constitución dice que el poder emana del pueblo, los equilibrios o desequilibrios habrán de calibrarse en relación con el susodicho pueblo, y si el poder no emana, o emanase, del pueblo la Constitución diría mentira y la calidad de la democracia se resentiría gravemente… ¿o no?… ¿tu qué piensas?

    A partir de ahí, tanto las resistencias como las vaselinas; los asaltos y las colonizaciones con puertas giratorias o con cámaras de vigilancia poco amedrentarán a los anónimos lobbies que todo el mundo conoce con nombre propio y DNI porque tienen la muy sana costumbre de llevárselo calentito y a plena luz del día ya que poco les importa, y hasta dan entrevistas sobre sus casos de éxito y siempre declaran pérdidas sin que a nadie le extrañe ya que la vida que llevan es cara.

    Querido Anónimo te veo últimamente embelesado en la oscuridad viendo transversalidades donde sólo hay Reinos de Taifas y caciques funcionales que fijan y dan lustre a todo marco institucional austerizado a la espera de que el gran poder venga y lo compre (con bichos dentro), en la privatización prometida.

    Aunque en Granada hay «bichos» muy duros de roer que viven en Urgencias…

    Y es el Principio de Autoridad quien gestiona la venta amiga con una Constitución donde el poder no emana del pueblo porque nadie sabe quién es «el pueblo» y por eso se venden las instituciones al poder amigo que si sabemos quién es.

    ¿Que nuestra democracia se caracteriza por el reparto? … ¡Oye, eso está clarísimo!… solo que no es de legitimidad, sino de bienes públicos. Y en el campo comercial todas las controversias se solucionan con pasta o con jueces, que tanto monta, monta tanto, y además son infalibles y soberanos, lo que aporta mayores garantías a la solución. Y el pueblo puede decir misa, o cantar como en el futbol, que da más ambiente.

    Aunque lo realmente cachondo es decir en España (si; en España), que la ideología es un filtro que permite «deformar tranquilizadoramente la realidad» El último que deformó tranquilizadoramente la realidad española fusiló tan tranquilo a varios millones de españoles y dejó España atada y bien atada… tanto, que sólo se marcan goles en las ligas de futbol.

    Todo lo que se juegue fuera del campo puede ser tratado como sedición por la Federación Nacional de Futbol. Y si te pillan con la Play Station los nacionales te empapelan por terrorismo.

    ¿De qué hablamos aquí entonces… Anónimo?

    ¡¡¡Mulgere Hircum!!!

    Y buenas noches…

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