Días de playa

[Relato publicado en la revista CTXT durante Agosto de 2016, puedes leerlo en su formato original aquí.]

-I-

Cuarto día en Nerja. Hoy hace un sol más severo, más rotundo, basta con apoyarse en la barandilla del balcón para comprobarlo. No entiendo por qué Juliette está contenta, ella dice que es porque el mar tan azul le recuerda a sus veranos en Niza, pero yo creo que es una cuestión de rayos ultravioleta y de verse de cuerpo entero en el espejo al final de la tarde.

El hotel Portofino tiene vistas al mar. No nos engañaron en la agencia turística, como otras veces. Insistimos mucho en lo de las vistas: queríamos que el mar llenase las ventanas, y no que apareciese un trocito azul al fondo, como pintado entre otras torres de apartamentos. En realidad "vistas al mar" significa que por las noches puedes pasar un rato tranquilo, antes de acostarte, en el balcón, delante de esa oscuridad que es el mar, que no se ve (más que en el reflejo de algunas luces de la costa) pero se oye. Olas mezcladas con grillos. Su sonido insistente va impregnando la habitación (sin que Juliette llegue a enterarse, dejo siempre abierta una rendija de la ventana), se introduce en el sueño en forma de caracolas y arrullos, y cuando te despiertas por la mañana y descorres las cortinas te lesiona los ojos un latigazo de luz azul brillante. Esto es lo que significa "vistas al mar", y la chica de la agencia lo entendió bien.

La mañana se me hace larga. A las ocho y media ya estamos levantados. Juliette se deprime si pierde los pocos días de verano en la cama. Subimos a desayunar a la terraza alta del hotel: zumo de naranja, tostadas, un vistazo a los periódicos; lástima que a Juliette le deprima también perder las mañanas en el hotel y que enseguida haya que doblar el periódico, incorporarse, saludar a Madame Blonsard, la regenta del hotel, y, sin más trámites, enfilar el caminito entre las rocas hasta encontrar una cala que tenga poca gente y que sea del agrado de Juliette. Nada más escoger el rincón apropiado, ella despliega la silleta, las esterillas, las toallas, los botes de crema, se instala en la orientación exacta según la posición del sol (aunque esto le obligue a adoptar planos inclinados, casi acrobáticos, porque las calas tienen una pendiente muy pronunciada), se recoge el pelo con el pañuelo de lunares azules, se desprende del "eclipse" (a Juliette le hace gracia que llame así a ese estúpido bandó que la corta en franjas y esconde del sol a sus dos lunas)  y se despide de mí: "ahí tienes la crema -me dice, como con prisa por dedicarse ya al sol-, extiéndetela bien, si no te quejarás por la noche; sobre todo la nariz y los hombros, ya sabes". Sí, ya sé, lo sé de sobra, pero ella tiene que decírmelo. En todo ese tiempo, yo apenas he logrado quitarme los calcetines o el reloj. Entonces lo primero que hago, antes incluso de embadurnarme con la crema, es acercarme a la orilla. Debe ser una costumbre de la infancia, de cuando íbamos a una playa de Cataluña y en cuanto mi madre se descuidaba ya estábamos fuera del alcance de sus recomendaciones sobre la digestión, las quemaduras o las rocas. El primer contacto con el agua es hostil, como si al mar le molestasen los intrusos: hace falta flirtear, jugar un poco con la espuma de las olas antes de mojarse la cintura; aunque en la adolescencia, sobre todo si íbamos con chicas, era obligatoria la carrera directa, el salto espectacular, la zambullida, las brazadas compulsivas y el saludo jovial desde alta mar dando el parte de lo fría o lo buena que estaba el agua a los que aún titubeaban en la orilla. Ahora no, ahora me mojo los pies y voy dando un paseo de un extremo a otro de la cala, mirando a las morenas de bañador rojo, las rubias de bañador verde, las pelirrojas de bañador amarillo, las quinceañeras en bikini y en grupos de cinco, las veinteañeras en bañador completo y de dos en dos, las treintañeras en topless y solas. A veces también miro a Juliette, y me imagino que es una desconocida que está tomando el sol. Entonces es cuando más me gusta: sus formas bonitas no me recuerdan sus regímenes vegetarianos estrictos, sus piernas suaves y brillantes no son las mismas que otras veces ha escondido con las sábanas por haberlas descuidado una temporada, su pelo negro es bonito y no tengo por qué saber la marca del suavizante que utiliza, su boca es perfecta y nunca ha pronunciado un reproche, y ni siquiera tiene por qué llamarse Juliette: podría ser también Martine, Carmen, Carla, Corinne. Una mujer de en torno a los treinta, tan atractiva como ella. Los otros hombres también la miran. Algunos de los que pasan por el camino que recorre las calitas incluso se paran, se apartan el sol colocando la mano como una visera y se quedan un buen rato fisgándola, se creen que está sola y se preguntan si alguna vez ellos podrían estar a su lado, o simplemente alimentan imágenes para sus fantasías de soledad. También entonces me gusta más Juliette, cuando noto que otros la desean, aunque sean hombres feos y gordos que pasan con una camisa sucia y unos pantalones vaqueros apretados por debajo de la panza.

-II-

Yo habría preferido Niza: una playa envuelta en una ciudad con cines, cafés, avenidas y amigos. Vincent se ha empeñado en venir al sur de España. Bien, aquí estamos. Nerja no es una ciudad, es una playa con servicios para turistas: heladerías, pizzerías, tiendas con burritos y toreros, y unas cuevas que habrá que visitar algún día de viento o de nubes. O quizás es que con tanto calor el pueblo parece una fachada blanca que no me deja entrar en su interior.

No me gusta Vincent por las mañanas. Con él es como si el día ya amaneciera cansado, como si fuese un día que ya hubiéramos vivido y hubiera que repetirlo por un error, como ocurre con las escenas fallidas. Debe ser que le pesa el plan de bajar a la playa y no tener a nadie con quien hablar más que a mí, a quien ya me lo ha dicho todo. Nos tropezamos en el cuarto de baño, él se afeita con rutina como si fuera a trabajar, me pregunta dónde deja la ropa de ayer como si la ropa fuese mi negociado y sube a la terraza a desayunar: su café, su periódico, cosas a las que se agarra para no marearse en una mañana entera en la playa conmigo. Quizás se trataba de esto. “Nos hacen falta unos días solos”, dijo él, y por eso descartamos Niza.

Yo habría preferido Niza. Aquí estaríamos bien si estuviéramos juntos, pero estamos separados, cada uno en su libro, en su chapuzón, en su plato. Me habla para que no parezca que no hablamos, y yo le contesto para que no se sienta mal, pero nos aburrimos. Y como nos aburrimos, él no quiere sentirse culpable, y por eso se aparta, se da un paseo, se pone a pensar en sus cosas, se agarra a su café y a su periódico, así hasta que se acerca la hora de comer. Entonces parece que se anima, propone ir a algún sitio que ha visto mientras daba su paseo, se pone parlanchín cuando nos sentamos en una mesa bien escogida y pensamos qué plato elegir: “voy a probar el salmorejo, dice la guía que está muy rico”. Y mientras, yo miro el cerro que hay enfrente y me gustaría ponerme unas zapatillas, meter un bocadillo y agua en la mochila y subir a ver el mar desde lo alto. Pero él prefiere pedirse otra cerveza y alargar el rato de la comida en un chiringuito en el que hay gente fea jugando a los dados y bebiendo whisky. Él no entiende que no basta con que se vea el mar, que a mí también me importa la música que se oye, el calzado de la gente que está a mi lado, el diseño de las sillas y las mesas, o que el camarero no esté dando voces hacia la cocina, sudoroso, mientras suelta el plato en la mesa con prisa sin encajarlo bien entre los cubiertos. Pero no quiero reprocharle nada, Vincent no tiene la culpa de que en este tiempo busque el glamour en la gente de nuestro alrededor o en el detalle de una lámpara, en vez de en nosotros dos. La culpa es mía. La culpa es mía. Si Vincent no me gusta por las mañanas es porque hemos soñado por separado, sin haber hecho antes el amor. Si no le hablo de La rue des boutiques obscures es porque ya sé qué va a decirme: él me dirá que hay otras novelas mucho mejores de Modiano. Si lo dejo en el chiringuito con su café y me vuelvo a la playa a seguir tomando el sol es porque de repente me ha parecido uno de esos belgas feos con tatuaje que están jugando a los dados, y eso es injusto. Él no tiene la culpa. Vincent es guapo, sabe conversar, se pasa la vida pensando para que todo tenga algún sentido, y es mi hombre. Llevamos casados tres años y nos han pasado muchas cosas que me han hecho intensamente feliz a ratos. Pero este verano yo habría preferido Niza, amigos, glamour, en vez de este pueblo pintoresco de pescado frito y supermercados de playa con chanclas y pelotas hinchables donde no puede pasar nada que no seamos capaces de provocar entre los dos. Quizás es que ya me está pasando lo que dice Claire: que la pareja, en algunos momentos, sobre todo cuando ya quedan lejos los tiempos de la exploración y el descubrimiento, se convierte en una isla de contornos demasiado conocidos. Entonces te quedas mirando el mar y te preguntas qué habrá al otro lado del horizonte al que te has acostumbrado. Y miras a los aviones del cielo preguntándote hacia dónde irán: a Estambul, a Madagascar, a Río de Janeiro.

Philippe, en cambio, dice que eso les pasa a las parejas que no se quieren. Philippe está convencido de que encontrará a una mujer con la que hacer un agujero en el cielo, una mujer en constante aventura, una mujer con la que el viaje del amor tenga muchas estaciones pero ningún destino. Pero yo creo que eso es una coartada para romper cada relación en cuanto aparecen los primeros síntomas del desgaste: “no es ésta”, se dice, cuando ya el sexo no brota con urgencia, cuando se han atravesado los primeros desiertos de apatía, o cuando uno se siente más entero en el enfado que en la reconciliación. Philippe prefiere salvar su idea del amor en vez de adentrarse en las durezas de la pareja, y por eso se pasará la vida haciendo surfing sobre las olas de la vida fácil. Lo suyo es el cortejo, la seducción. Es verdad que tiene todas las armas. A cuántas chicas les habrá contado su fascinante idea del amor, a cuántas ha dejado como un niño caprichoso al que deja de gustarle el juguete cuando se han acabado las pilas. Debe ser que no le va mal así. Es guapo, es divertido, las hace sentirse queridas. Es curioso: a mí en cambio alguna vez me podría gustar tener una aventura con Philippe, pero nunca una relación de pareja, porque lo bueno de él es el primer plato. Vincent, en cambio… Pero no, no quiero pensar en Vincent justo después de haber pensado en Philippe. Mejor me dejo llevar por el sueño.

-III-

Estoy convencido de que si tuviéramos allí este mar lo acabaría encontrando molesto, y desde luego no iría nunca con Juliette a pasar una mañana entera tumbado en la arena. Aunque lo de tumbado en la arena es un decir, porque apenas aguanto más de diez minutos quieto. Vengo provisto de periódicos, novelas, aletas y gafas de bucear. Juliette también trae revistas y libros, pero lee sólo mientras se lo permita la estrategia de bronceado: cuando convenga a algún costado o a la espalda adoptar la posición de leer. Pero es una catástrofe intentar leer el periódico en la playa. El viento, la arena, la dificultad de encontrar una postura cómoda, el sol reflejándose como un cuchillo en el blanco del papel... Al rato ya estoy otra vez dando una paseo por la orilla, o incluso tomando el camino que recorre las calas, achicharrado por las chicharras, y compruebo que si hubiéramos seguido un poco más habríamos encontrado otra más bonita, o más tranquila, o con bañistas más agradables. Quizás entonces también soy yo un mirón, y otros hombres miran cómo estoy mirando a sus mujeres, detenido en el pretil de las escaleras que bajan, desviando la vista cuando la rubia de bañador rojo se dispone a cambiar de postura, para que no se cruce con mi mirada y se crea que soy un mirón. Entonces sigo, o doy media vuelta, localizo un chiringuito (se llaman así, chiringuitos) donde poder después tomar una cerveza, y empiezo ya a pensar en el mediodía, la comida y la sobremesa.

Si por ella fuese, comeríamos todos los días en la cala bocadillos de queso fundido por el calor y granitos de arena,  empanadillas y agua recalentada. Ella no entiende que para mí, en vacaciones, "comer" no es la comida, sino el momento y el lugar. A veces se impacienta, porque tardo demasiado tiempo en elegir el chiringuito, y, dentro de él, la mesa. Igual que ella escoge minuciosamente el lugar exacto donde tumbarse al sol, yo también tengo mis caprichos, y prefiero comerme las sardinas o los boquerones en una mesa en la que después pueda seguir un rato, con un café y un libro, viendo el mar desde la sombra. Poco a poco nos vamos entendiendo, ya hemos renunciado a pretender que al otro le entusiasme lo que a uno le gusta.

Juliette dice que la deprime esa pareja de belgas con tatuajes en los hombros que están jugando a los dados, bebiendo whisky y haciendo exclamaciones cuando ella o él consiguen una buena jugada. "Para esto no me desplazo yo tantos kilómetros, para jugar a los dados", dijo, torciendo la boca y guardando las vueltas en el bolso como con enfado. "Mujer, cómo eres --le contesté--, ¿qué más dará en un sitio así jugar a los dados o charlar y leer?". "No digas tonterías", dijo ella mientras se levantaba y emprendía el camino hacia la siesta, que es la hora en la que definitivamente uno se quema la espalda. "Yo me quedaré aquí un rato, en seguida bajo". Ella ni se volvió. Creo que estaba enfadada, la conozco, en el fondo ella se sentía jugando a los dados conmigo, por eso es verdad lo que dije, es lo mismo los dados que las novelas y que la siesta, nos estamos aburriendo en estas vacaciones en las que no pasa nada, nada más que nos ponemos morenos y que las noches son muy bonitas, que dormimos muy bien (salvo el largo insomnio de anoche) y estamos descansando con vistas al mar. Poco más se puede hacer. No tenemos amigos, no es plan de salir los dos solos a tomar una copa, las pocas calles de paseo están llenas de satisfechos jubilados alemanes mezclados con niños vestidos de domingo que quieren un helado, y lugareños que a Juliette le producen desconfianza, y en la habitación del hotel sólo puedes dormir, ducharte o asomarte al balcón. Un día cogeré la cámara de fotos y haré un reportaje de Nerja, hay algunos rincones bonitos, las calles están adornadas con macetas, las esquinas de pared blanca recortan el azul del mar; y sin que Juliette se entere, desde el camino, desde la orilla, desde las rocas, le haré un reportaje, ampliaré la que más me guste y la pondré una noche en la pared del dormitorio de nuestra casa, para que en las noches de lluvia y televisión nos acordemos de los días de verano tan tranquilos que pasamos en Andalucía.

Antes, viajar con Juliette era diferente. Sobre todo cuando los viajes eran clandestinos. Salíamos sin saber siquiera dónde íbamos a alojarnos ni cuánto tiempo, nada de reservas ni de planes, unos cuantos billetes en el bolsillo, unos cuantos días por delante, Juliette en minifalda o en vaqueros, y lo demás marchaba solo: se trataba de estar juntos y lejos de los demás. Se trataba de enseñarnos uno a otro los lugares que en el pasado nos habían gustado por separado. Se trataba de saltarse los márgenes de las citas de siete a diez que nos imponía la disciplina del trabajo y la familia. Se trataba también de la excitación de una improvisada habitación de hotel con una cama inmensa para nosotros dos, toda una noche durmiéndonos y despertándonos, buscándonos, bailando entre sábanas, besándonos todo el cuerpo, dejándonos llevar hasta muy entrada la mañana. Casi siempre nos avisaban de que teníamos que desalojar la habitación porque era la hora límite para la limpieza. Ahora somos marido y mujer. Ma-ri-do-y-mu-jer. Me preocupa que cuando uno se convierte en marido de su mujer, es en la casa donde está mejor con ella, y no de viaje, cenando fuera, tomando copas, yendo al teatro. Alguien debería advertir de esto a los solteros, porque en las películas los maridos y las mujeres son felices cuando van de viaje a Roma o a Atenas o cuando atraviesan con un coche descapotable las carreteras de paisaje marrón de Texas. O quizás es que yo no soy un buen marido.

Todavía queda mucha tarde por delante, pero algo me dice que hay que volver a la cala, que no está bien que cada uno pase el día entero por su lado. Cuando llego, ella está durmiendo. Inevitable darle un beso, después de todo lo que he pensado. Ella sonríe con los ojos cerrados, murmura, cambia de postura. Hace un calor tremendo, Juliette está sudando entera. Me gusta ver a Juliette sudando, y si estuviéramos solos en la cala mezclaría mi sudor con el suyo, bajaríamos rodando hasta la orilla, y allí, bueno, allí nada, porque con el frío Juliette gritaría y se nos contraería el deseo. A duras penas logro colocar la toalla, me dejo caer, y ahora no importa la postura, ni los picores, ni el calor: en unos segundos estoy profundamente dormido. Entre sueños, Juliette reúne fuerzas para advertirme de nuevo: "deberías echarte la crema", pero es imposible, cualquiera se pone ahora a buscarla en el fondo de su bolsa, entre peines y lápices de labios, cualquiera logra a estas horas distribuírsela uniformemente por la espalda. Así que mientras pienso en ponerme la camiseta, me duermo.

-IV-

El sol de la siesta te hace pensar cosas raras. Me he despertado pensando que las parejas son una prolongación exagerada de un momento concreto de tu vida. Te topas con un tipo al que no conocías, y alguna razón te hace torcer una esquina, empeñarte en él, darle demasiada importancia. En tu vida hay cientos de parejas posibles, y cada una es fruto de un azar que se produce en un momento. Todo se conjura para aproximarte a él, algo te hace pensar que merece la pena, te sientes feliz con una cita que sale bien, te interesa todo lo que te dice, le hablas de ti, de tu trabajo, de tu familia, y él está interesado, y lo que más te importa de la película que has ido a ver con él es eso, haber ido con él al cine y luego tomar un vino y mirarse a la cara y desear su boca. Luego las citas se repiten, y el plan de quedar en una esquina y pasar unas horas en la calle empieza a saberte a poco, y decidís hacer un viaje. Qué maravilla, ese primer viaje con un chico. Con Vincent fue apasionante. Yo me sentía afortunada al lado de ese hombre interesante, me volvía loca ese momento, después de cenar, mientras volvíamos al hotel y nos parábamos en cada esquina para besarnos, con ese delicioso vértigo que da la certidumbre de que los besos seguirían dentro de la habitación del hotel, dos deseos jugando y avanzando uno hacia el otro con todas las puertas abiertas, dos cuerpos que tienen urgencia por conocerse. En mi caso fue Vincent, como pudo ser otro en cualquier otro momento de mi vida. Pero fue Vincent, y todo lo que recorrimos juntos mereció la pena.

Ha sido un pensamiento extraño. Vincent y yo, una prolongación de aquella primavera de los 26 que se produjo por pura casualidad. ¿Cómo habría sido mi vida sin Vincent? ¿Qué estaría haciendo ahora? Pude no cruzarme con él y seguir por la misma calle hacia otras esquinas y desviaciones posibles. Vincent no es mi media naranja: simplemente lo quiero, me quiere, y ahora nos aburrimos en Nerja, y yo no sé si debo reaccionar con resignación porque las cosas son así, o si debería sacudirme la pereza y decirle que es un idiota, para que se pregunte por qué.

La luz y el color aplastan los sonidos de la playa. Cierro los ojos, el sol calienta mi cuerpo. Los párpados son una leve cortina que apenas me separan de esa inmensa luminosidad que proviene de ese círculo hacia el que me oriento para recibir frente a frente sus rayos. Desde niña me encanta lo que veo cuando cierro los ojos mirando al sol: puntos de colores que van proliferando hasta que de repente se desvanecen, lombrices y filamentos que juguetean de un lado a otro y que ahora pienso si no serán cadenas de ADN o bacterias bondadosas que cuidan mi retícula. Vincent duerme a mi lado, tumbado boca abajo, quemándose la espalda. Esta noche se arrepentirá y me pedirá que le embadurne la espalda de crema, pero ya será tarde. Tiene el pelo lleno de arena y con las manos parece querer agarrar puñados de arena. Me gusta su espalda, me gustan sus piernas. Él me habría gustado cada vez que lo hubiese conocido, aunque no fuese la primavera de los 26. Pienso en cuántas mujeres querrían pasar con él unos días en la playa, vivir con él un invierno entero, tomar un vino y coleccionar con él canciones en secreto, saber cuánto le gusta que le besen el pecho, ser abrazadas por él por detrás y notar sus besos en la nuca, encerrarse con él en una isla compartida de confines definidos. Miro a otras parejas que toman el sol en la playa y aunque hoy preferiría estar charlando con tres amigas y salir esta noche a bailar y a ligar, me digo que Vincent es mi hombre y que no puedo permitir que pierda su pasión por las cosas, que no puedo ser culpable de convertirlo en un tipo vulgar, porque no lo es.

-V-

"Quizás deberíamos tener un hijo", fue lo primero que pensé cuando me desperté sudando, lleno de arenas y con un brazo dormido. A saber lo que estuve soñando. De nuevo se oyen las olas, ahora un poco más fuertes, como siempre ocurre por la tarde. Me desperezo, miro el reloj, miro a Juliette, que ha girado unos cuantos grados para que el sol no le dé oblicuamente. Tengo sed, no sé si es sed o ganas de bañarme, tanta agua fresca ahí delante. Si Juliette quisiera podríamos ir a la playa grande que hay en el extremo y alquilar una barca de pedales, pedalear mar adentro y bañarnos allí, donde el agua está más fría y más limpia. Pero no me atrevo a despertarla y proponérselo.

En fin, cuando hay olas me divierte bañarme, es como jugar, el mar te va diciendo cosas y tú tienes que contestar con saltos o zambullidas, basta con eso para justificar el baño, no hay que empeñarse, como cuando está liso, en alcanzar unas rocas que están más lejos de lo que parece y que cuando llegas te enseñan ariscamente una pared de erizos y cortantes que no te dejan subir. "Puede que sí, puede que debiéramos empezar a pensar en lo del hijo", me he seguido diciendo mientras las olas mecían mi cuerpo. Nos habíamos casado tres años antes, es posible que demasiado jóvenes para lo que hoy es normal, pero esas decisiones no las tomamos nosotros, sino que ellas -las decisiones-  nos toman a nosotros. Philippe no, Philippe dice que eso lo piensa quien no ha tomado una decisión importante en su vida, y que no se casará con una mujer mientras no tenga la absoluta seguridad de que quiere morirse a su lado. Ya veremos. Los románticos como Philippe, tan prometedores y embaucadores, luego no soportan vivir sin sentimientos agudos, y los sentimientos se van redondeando con el tiempo por mucho empeño que pongas.

Juliette y yo nos habíamos conjurado para no tener hijos en unos cuantos años. A los padres no se lo planteamos así, ellos creen que lo intentamos, y empiezan a estar preocupados. Pero es bueno pasar unos años sin hijos, para vivir la relación de pareja. "La relación de pareja", menuda expresión, parece el título de un libro educativo de los años setenta en el que se diserta sobre si es o no conveniente mantener relaciones prematrimoniales. En el fondo es que tener hijos es hacerse una persona mayor y eso nos da miedo. Juliette no podría pasarse las vacaciones al sol ni leería tantas novelas, porque tendría que estar gritando todo el día a la niña para que no se ahogase o no se rompiera la cabeza. Y yo no podría levantarme los domingos a cualquier hora, porque a las ocho la niña tendría ya ganas de jugar. Además, con mis lumbagos lo pasaría mal de tanto subir y bajar a la niña, voltearla, echarla a cuestas. Ya sé que todo esto es lo de menos, que está la satisfacción, el cariño, el prolongarse en otra generación. Pero hay que pensárselo bien.

Françoise y Louis, Pierre y Anne, Claire y Jean-Luc, todos se casaron después que nosotros y ya tienen un hijo; no sé si lo han decidido, o si simplemente les ha venido, como si después de la boda hubiera necesariamente que empezar con los embarazos, las cunas, las toallitas de bebé, el patito en la bañera, el olor a papillas. Quizás sí, quién sabe, puede que el matrimonio no tenga sentido si no lo sujeta un hijo. Es curioso, salgo del agua y miro a Juliette repentinamente de otra manera, como si algún día alguien diminuto estuviese jugando conmigo en la orilla y la llamara, "mamá, ven aquí, mira cómo nado". ¿Será que me aburro, que ya no sé estar a solas con Juliette y necesito un hijo para seguir con ella?

Qué dramático soy, qué propensión a analizarlo todo, con lo fácil que es dejarse llevar o ponerse moreno. A Juliette ya no se le nota la marca del bañador, cuando lo descubra en el espejo esta tarde se pondrá contenta. Pero no voy a decirle que el agua está buenísima ni a insistirle para que se bañe, sé que cuando estás adormilado te molesta que alguien te hable con energía y vitalidad, "vamos, despierta, aprovecha antes de que empiece a refrescar...", no nada de eso. Tampoco me echaré encima de ella así, mojado; lo hice el primer día y eso nos costó el primer enfado serio de las vacaciones: tanto que por la noche tuve que pedirle perdón como única manera de hacerla hablar. Me perdonó, sí, no faltaba más, pero toda la cena consistió en suaves reproches que dejaron muy atrás el incidente de la tarde: que tengo actitudes de niño, que no puedo entender que no siempre todos tienen el mismo estado de ánimo que yo... Después empezaron los asuntos domésticos, en los que tiene toda la razón: que mi carácter despreocupado está muy bien, pero en casa somos dos y tengo que pensar también en ella; que igual que a mi me fastidia dejar lo que esté  haciendo un sábado para ir a comprar, a ella tampoco le hace gracia cuando está tranquila en casa que llegue yo con tres amigos a la hora de la cena; que está bien que yo sea noctámbulo y me guste quedarme delante del televisor o del ordenador hasta muy tarde, pero tengo que comprender que ella se levanta todas las mañanas a las siete, a-las-sie-te, y no puede seguir mi ritmo. Menos mal que se fue relajando, y sus quejas empezaron a dirigirse hacia otra parte, hacia su trabajo.

Atravesar París en el RER B desde Denfert-Rochereau hasta la Gare du Nord a las horas punta, buscar espacios neutros del vagón donde poder mirar sin tropezarse con otras miradas, subir y bajar sucias escaleras mecánicas, salir después al frío de las mañanas de invierno llenas de gabardinas grises apresuradas, alcanzar el portal oscuro del 38, rue Lebrucq, saludar a los enmoquetados Marcel y Louise que ya huelen a calefacción, sentarse a las ocho en punto en el sillón rotatorio frente a la agenda, el ordenador y el teléfono, preparar la lista de rendez-vous y llamadas telefónicas para cuando llegue Mr. Panoir, clasificar documentos y papeles, abrir y cerrar sobres, mirar cada cierto tiempo por la ventana cómo abre el comercio de telas de enfrente, cómo pasa el autobús número 67, cómo llueve, saludar por fin, a las nueve menos cuarto, a Mr. Panoir, unos días dicharachero y otros ofuscado, siempre con los dientes tan blancos y la sortija compitiendo en brillo con las uñas, comenzar a pasarle llamadas, aguantar los estúpidos chistes de Marcel y las miradas recelosas de Louise, escribir los interminables requerimientos a los desconocidos deudores, Mr. Lavastier, Mme Fauget, Mr. Kazhar-Aqbahr, Mmlle Simenon, Société Les Rochards, muy señor mío por la presente pongo en su conocimiento que, tenga a bien recibir nuestra consideración y estima, del referido escrito con número de salida, por lo que le requiero para, a fin de que en el expresado plazo. Juliette no está a gusto en su trabajo y sólo le compensa cuando vuelve en el RER B desde la Gare du Nord hacia Denfert-Rochereau a las cinco y media de la tarde con un libro de bolsillo y una barra de pan atravesando inmensas carteleras de películas prometedoras y pensando en lo que vamos a cenar o en los días de playa que pasaremos en verano en Niza o en el sur de España. Pero cómo decirle que si no le gusta el trabajo que lo deje. Cómo recordarle que estaba advertida, que los primeros empleos se presentan como una oportunidad pero acaban encarcelándote en el sueldo a fin de mes. Cómo decirle, desde mi cómodo y gratificante puesto de profe satisfecho sin aspiraciones de ascenso, que entrar en el mercado de trabajo es dejarse en la puerta trozos y jirones, encantos e ingenuidades, belleza y sensibilidad que se quedan ahí para siempre. Y, sobre todo, cómo descubrirle el engaño de su "quiero trabajar para sentirme útil" sin herir su sensibilidad de mujer moderna que sabe que también es un engaño el "no trabajo para dedicarme a mi misma"...

-VI-

Pero sí, es extraño. No paro de dar vueltas a la idea de que el tiempo de las parejas es una prolongación de un momento, y que eso puede deberse a una programación biológica dispuesta para tener hijos. Qué cosas se piensan cuando una se pasa el día entero sin hacer nada más que ver cómo se mueve el día. Quizás nos hemos empeñado más tiempo del natural en no tener un hijo, y puede que por eso el tiempo de nuestra pareja esté empezando a transcurrir en vano. Puede que lo natural sea enamorarse, tener un hijo porque sí, como fruto azaroso de un amor volcado en el sexo, y que entonces el tiempo de la pareja tenga más sentido, porque hay que cuidar de la criatura. No lo había pensado hasta ahora: a lo mejor la alternativa es tener ya un hijo, convertir la pareja en una familia, o volver a ser yo misma. ¿Cuánto puede durar una pareja que no se prolonga en un hijo? El tiempo de las familias es largo, puede ser para toda la vida, pero ¿por qué una pareja tendría que durar toda la vida? ¿Es suficiente con el cariño y la compenetración para justificar el empeño en seguir juntos? Pero luego está la otra pregunta: ¿tiene sentido tener un hijo como medio para prolongar la pareja? Es posible que nos hayamos equivocado. Puede que los hijos no sean nunca una buena “decisión”, aunque sí sean una magnífica experiencia. A mí me cuesta decidir eso de convertirme en madre. Creo que preferiría serlo sin haberlo decidido. Ya sé que no es un planteamiento muy moderno, pero hoy lo pienso así. Una no programa su nacimiento, ni crece por voluntad propia, ni decide en un momento salir de la adolescencia o hacerse adulta. Quizás con la maternidad ocurra lo mismo. Yo no sé si quiero seguir con Vincent toda mi vida, pero no me imagino otra persona con la que tener un hijo, ni me imagino tenerlo sin él al lado. Yo no sé si quiero tener hijos, pero si me quedase embarazada me convertiría en una madre con todas las consecuencias. Pero decidimos no tener hijos “todavía” porque ese es un paso irreversible que hay que pensarse muy bien. Qué lío.

Mi madre dice siempre que los niños no nacen cuando tus pechos tienen suficiente leche, sino que es al revés. Pero ahí está el problema, mamá: los hijos te cambian, engordas, te quedas sin tiempo, te distancian de tu trabajo, y pueden llegar a devastarte. En tu vida deja de haber cine, teatro, fiestas y libertad, y de pronto se llena de un horario que te marca otro; y de cunas, farmacias, purés, animalitos de juguete. Y tu marido se convierte en otro animalito de juguete. ¿Eso es lo que quiero? ¿Quiero que mis pechos se vacíen de sensualidad y se llenen de leche? ¿Estoy dispuesta a terminar mi tramo egoísta de vida para dedicarme a un niño egoísta?

-VII-

Casi las ocho de la tarde. He vuelto a dormitar, mientras pensaba en el trabajo de Juliette. Ahora ella está leyendo. Me mira, me sonríe, y sigue leyendo. A esta hora la playa está muy agradable. El sol empieza a declinar y la gente se va yendo poco a poco. Se desperezan, se ponen la blusa, van a la orilla a quitarse las arenas de los pies, enrollan la toalla despacio, mirando hacia el horizonte con algo de apetito y el cuerpo caliente. La luz es oblicua y hace sombras alargadas. Es la hora en la que las cosas y las ideas comienzan a recobrar un perfil, porque durante la siesta hay como un velo de aturdimiento, los pensamientos son lentos y trágicos (no me extraña que los toros sean a las cinco), te envuelven pegajosamente, te anonadan y finalmente se desvanecen en regiones de la mente más cercanas al sueño o a las obsesiones; pero cuando la tarde va perdiendo intensidad, cuando todavía está el sol ahí, entero, pero a un lado, todo vuelve a parecer más amable. No ocurre sólo aquí, en la playa. Lo he leido en algunas novelas de las que recomiendo a mis alumnos; quiero hacerme una idea de lo que tiene que ser en los pueblos andaluces el final de las tardes de verano, cuando los pájaros vuelan ruidosamente alrededor de las torres y las calles comienzan a llenarse de matrimonios de paseo, de cervezas con tapas en terrazas con sillas metálicas en el centro de una plaza, de niñas con vestidos de lazos que juegan cerca de la mirada de sus madres, de saludos largos, camisas blancas y vestidos estampados, olor a agua de colonia fresca y comentarios sobre el calor y los toros (aunque quizás no hablen aquí tanto de los toros y sí de la televisión o de fútbol). En París el verano es diferente, es salir a media tarde a las calles comerciales para hacer alguna compra, esperar en un café que llegue la hora del cine y encerrarse en una casi vacía sala pequeña en la que anuncian un excesivo aire acondicionado cuyo frío y cuyo ruido molesta entre moquetas azules claustrofóbicas; es mirar cómo los turistas toman la ciudad en bateaux-mouches exageradamente iluminados, grupos de italianos, de españoles, de japoneses que disparan su máquina de fotografías hacia todo lo que se mueve y todo lo que está quieto, corros de pantalones cortos y riñoneras alrededor de los hombres-estatua o del grupo de peruanos que cantan una vistosa canción andina, ráfagas de humo de perrito caliente mezcladas con reclamos en varios idiomas de locales donde se muestran mujeres de carnes desbordadas.

Dentro de un rato el sol se esconderá detrás de las peñas, y sólo quedará aquí una pareja, o algunos bachilleres que han bajado a la playa a fumar después de la clase de lengua o matemáticas que reciben en alguna academia de verano gestionada por licenciados en paro, o alguien que ha traído al perro a correr como loco salpicando por la orilla, estornudando a causa de la arena, atento a todo lo que se mueve, persiguiendo histéricamente a las gaviotas o los trozos de madera que su dueño le lanza una y otra vez mientras piensa en otra cosa. Nosotros somos casi los últimos en abandonar la playa. A última hora me han dado ganas de bañarme, y al salir me viene alguna brisa fresca. Me seco con la toalla mientras Juliette se agacha para recoger las zapatillas y los periódicos arrugados por la siesta. Ella echa a andar hasta la escalera que sube al camino, y allí se sacude las arenas de los pies. Yo me apresuro, me pongo la camisa, recojo la silleta y la bolsa que Juliette me ha dejado. El hotel no está lejos de la playa. En la entrada es fácil encontrarse con Madame Blonsard, la dueña, que es de Poitou y descansa leyendo "Paris Match" antes de que empiecen a llegar los primeros clientes para el restaurante. La habitación está cálida y húmeda, y por eso de repente siento ráfagas de deseo que se desvanecerán con la ducha, el peine y el desodorante, pero no sé qué le pasa a Juliette que sigue seria, como si me reprochara algo que he hecho mal y que no logro identificar, no creo que sea por el comentario de los belgas y los dados. No me atrevo a hacerle caricias, y lo único que se me ocurre es tumbarme en la cama boca arriba, como fingiendo cansancio, pero ella no cambia el ritmo, extiende las toallas en el balcón, abre el armario, tarda poco en elegir un vestido de color malva y dice que entra ella primero en el cuarto de baño. Yo voy a protestar (como ella tarda más, prefiero acabar yo antes y esperarla leyendo en el balcón), pero ella ya ha cerrado la puerta del baño y ha echado el pestillo. Es sintomático esto, que eche el pestillo. Antes no lo hacía. Bueno, está bien, así van las cosas, no sé por qué voy a sentirme culpable, nadie ha dicho que tenga que ser yo quien logre que las vacaciones sean amenas. Sí, sí, estoy aburrido y echo de menos otros amigos, no tengo ninguna gana de volver a salir esta noche y hacer lo de siempre, buscar un restaurante, corresponder el trato amable del camarero, elegir un plato, tapar con las conversaciones de otras mesas nuestro silencio, celebrar la comida por no tener más cosas de las que hablar. Nadie ha dicho que soy yo quien tiene que inventar temas de conversación ilusionantes ni aventuras que salven la noche, el verano o el matrimonio. Me pensaré si salgo esta noche o si compro algún bocadillo y me quedo leyendo en el hotel, o si decido ir al cine al aire libre y que ella haga lo que quiera. Es posible que así reaccione.

Pero parece que me ha oído. Mírala envuelta en un toallón blanco, está morena, huele a jabón y a crema hidratante, parece de repente más animada, puede que sea porque se haya gustado en el espejo, me dice con otro tono de voz que el agua está fría y que no encuentra el sujetador mientras se agacha y busca entre el desorden de los cajones. Yo le digo que con el vestido malva está mejor sin sujetador, se lo digo como quien está recordando algo, o como quien en una despedida triste habla de algo trivial mientras aguarda que el tren pite y cierre las puertas. "Vaya, es lo primero cariñoso que me has dicho en todo el día". Al oírla me quedo sorprendido, porque descubro que es verdad.

Vincent y yo hemos discutido. No he sido yo quien ha sacado el tema. Creo que Vincent quiere decirme que quiere tener un hijo y no se atreve a decírmelo claramente. Me pregunto si no me ha traído aquí para decírmelo: por lo pronto, a la hora de la siesta me he puesto a pensar por primera vez en serio lo del hijo, pero no he sido yo quien ha sacado el tema porque no me apetece hablar con Vincent de algo así sin ton ni son. Además, no sé si me gusta que Vincent quiera tener un hijo. Es como si de pronto los viera a los dos, a Vincent y a su hijo, enfrente de mí. Ellos dos, y yo.

No sé si quiere tener un hijo o si más bien se trata de escapar de mí. O salvar la pareja. O darme sentido. Y eso sí que no. No sé si su deseo de tener un hijo es el resultado de un silogismo filosófico, y yo no quiero ser la madre de esa idea de hijo. No quiero tener un hijo así. Preferiría que una noche pidiese una botella de vino más y la acabáramos, que nos emborrachásemos y que el alcohol nos devolviese al estado animal, y que pudiera nacer hijo de esos dos animales que se amaron. Como los hijos de los padres de nuestros padres, fruto de las noches de boda, hijos del sexo contenido durante el noviazgo. Yo no quiero tener hijos, pero quizás va llegando el momento de amarse sin plásticos. Aunque para eso Vincent tendría que seducirme, y no lo logrará, desde luego, haciéndome sentir culpable de que su paternidad se esté retrasando. Si quiere tener un hijo que lo busque: yo no voy a dárselo. Para seducirme tendrá que desearme, tendrá que darse cuenta de que hay momentos en que me gustaría que no me respetase cuando me cambio en el cuarto de baño y preferiría que me quitase el vestido malva y me dijera que como más le gusto es desnuda. No quiero besitos, no quiero que me pregunte si me gusta el hotel, si estoy bien, quiero que no le importe cambiar los planes de la cena porque de repente siente el deseo de saborearme a mí al caer la tarde. Si es así, no le pediré que se envuelva en plástico, aunque fuera eso lo último que nos pasase de jóvenes. Porque, ay, pienso que tener un hijo es lo último que hace una mujer joven.

Pero no. Él ya tiene pensado dónde vamos a cenar. No me ha desabotonado el vestido malva, aunque al menos me ha dicho que estoy guapa. Guapa para salir a cenar con él. Y luego, en el restaurante, se ha puesto a hablar. Como si hubiese leído mis pensamientos, me dice que nos aburrimos y me pregunta qué me pasa. Odio esa pregunta, y él lo sabe. Y luego, el muy idiota, me recuerda que no hemos hecho el amor desde que llegamos a Nerja. ¿El amor? Ni el amor ni una caricia de verdad. Ni una brizna de deseo he notado en su mirada, pero yo no sé seducir a una piedra ensimismada. Él se queda en el balcón con su libro y mirando a la luna, y yo me acuesto dándole la espalda, y por la mañana Vincent no me gusta, porque hace que el día amanezca cansado.

--IX--

Terrible pregunta ésa de "qué te pasa". Más terrible aún es el "qué nos pasa", porque entonces ya no es que uno mire cariñosa y preocupadamente al otro, sino que se abre una puerta oscura por la que irrumpen malas sensaciones que durante los últimos meses han estado ahí fuera, haciendo toc-toc sin que ninguno de los dos se levantara y les diera permiso para entrar e instalarse, como si fuera un toc-toc equivocado que es mejor no haber escuchado, hasta que uno pregunta "qué te pasa" y el otro le contesta con el "qué nos pasa". Y qué peligrosas las palabras que se dicen mientras la puerta está abierta y no se encuentra un nuevo equilibrio en el que poder instalarse otros meses con la puerta cerrada. Hay un vértigo delante de los dos, por un momento todo es posible, el corazón late más deprisa, algo me incita a preferir el lado más oscuro. De nuevo mi tendencia al dramatismo; tantas veces he confundido las sombras con los monstruos, el tedio con la muerte, el desencuentro con la despedida. Desgrano palabras graves que sé que hacen daño, ella más bien comienza tapando agujeros y cerrando grifos, pero yo sigo inundando la velada de qué nos pasa, Juliette. A ella no le gustan estas conversaciones. Creo que le recuerdan a sus reuniones parroquiales de juventud, cuando alguien decía un miércoles que el grupo iba mal y los dos o tres siguientes miércoles todos se enfrascaban en la tarea de encontrar la razón, sin discutir siquiera si realmente había algo que encontrar. "A mi no me pasa nada", dice Juliette, queriendo poner dique a mi ola oscura; "el que está extraño eres tú: desde que llegamos te has encerrado en tus periódicos, me miras con esa cara, no sé, esa cara de ¿quién es ésta que está a mi lado?, tan serio, no sé qué cosas estarás pensando mientras das esos largos paseos y vuelves y no me dices ni siquiera hola, parece que te molesto, que estamos aquí porque me he empeñado yo y que estás contando los días que faltan para volver a tu París, tus amigos y tu casa". Justo cuando el camarero trae su sopa de pescado y mi gazpacho y los pone sobre el mantel de cuadros rojos y blancos, apartando las copas de vino tinto que ya están mediadas. Pero yo vuelvo al plural: "nos" aburrimos juntos, ya no es como antes. Ella teme estas embestidas que yo largo para aflojar una opresión que me llena el pecho. Las conoce, sabe que acaban mal, cuantas más palabras más sensación de ahogo, hay como un tobogán que se repite cada cierto tiempo, da igual por dónde se empiece, inevitable la sensación de caída libre ("y tu mamá que ya no está abajo para que no te caigas", me dijo lacónicamente Laurent cuando un día quería explicarle esta sensación). Juliette finge no hacer caso, no quiere entrar al quite, pero ya asoma alguna lágrima. Soy un cabrón, me gusta que llore, que se ponga triste por "nosotros", es como tocar fondo, la habitación ya está llena de mierda pero ahora los flujos comenzarán a empujar hacia afuera, hacia la calle. Me gusta que llore por nosotros; no puedo soportar que si una noche he intentado jugar con ella en la cama y ha bostezado y me he retirado hacia mi lado de la cama, insomne varias horas oyendo el mar, a la mañana siguiente se limite a decirme con indiferencia que le espere en la cafetería porque ella va a comprar una crema en la farmacia, y que además me llame "cariño". Cremas, cariño, menuda mezcla para después de un insomnio. Claro, que yo entonces no paso de decirle con voz neutra que compre un periódico español y otro francés en el quiosco, y ella vuelve luego con las cremas y los periódicos, y nadie le dice que he estado tantas horas despierto pensando en que nuestros cuerpos ya no se buscan. Ni una vez desde que llegamos a Nerja, Juliette, ni una; ya sé que no es tu culpa, es culpa del matrimonio, es que dicen en el periódico que las hormonas del amor duran cuatro años, justo el tiempo que se tarda en criar un hijo.

Otra vez lo del hijo. Salió así, hablando de lo poco que nos acostábamos últimamente, pero en seguida se convirtió en un silencio de varios minutos, negociando la crema de calabacín y el gazpacho. Como si fuera una de las sombras que habían estado haciendo toc-toc. No sé si he dicho que del techo pendían dos grandes ventiladores de aspa que removían suavemente el aire y que obligaban a Juliette cada poco tiempo a apartar de su cara algún mechón de su pelo negro. Yo creía que le había dolido mi reproche sexual, el primero que jamás le he hecho, pero mientras esperábamos el segundo plato me miró, hizo varios amagos de empezar a hablar, buscaba la fórmula. "Pero vamos a ver -dijo por fin, incorporándose levemente sobre la mesa, como montando a caballo sobre sus palabras-; lo que estés queriendo decirme, dímelo sin rodeos, Vincent; puede que yo todavía no lo desee, que no esté en condiciones, pero si tú quieres tener un hijo tie-nes-que-de-cir-lo. No quiero pasarme la vida adivinándote y diciéndome a mi misma que soy una canalla por no darte lo que ni siquiera sé si quieres...".

No estaba enfadada, porque había enredado mis pies con los suyos y los apretaba. Pero a partir de entonces lo que "nos" pasaba ya no era el matrimonio, ya era que no teníamos hijos, que nos habíamos empeñado en no tenerlos y que yo debía decir si había cambiado de opinión. Empecé, como siempre, a desmigajar el pan. Tan de repente hablar de algo que sólo ésa tarde, al despertar de la siesta, había pensado por primera vez, si es que puede llamarse "pensar" a esa frase o imagen que la última ola del sueño entrega a la playa del consciente en el momento en que se despierta. Me gustó que me enredase los pies por debajo de la mesa. De nuevo los ventiladores, hasta que vino el camarero, la fuente inmensa de ensalada para la señora, los "caramales" (así dijo) para el señor. Así es como aparecen las preguntas en la vida, igual que los deseos de comprarte un nuevo coche: hasta entonces te has arreglado con el viejo, pero algún día algo se desata por algún cabo y empiezas a sospechar que sólo un estúpido empeño te hacía decir y pensar que tú no querías un coche nuevo... No es que compare un hijo con el coche, le aclaro a Juliette; lo que quiero decirte es que si seguimos hablando del hijo acabaríamos seguros de que sin él no tiene sentido la vida.

- ¿Es eso lo que piensas?

- No, no he dicho que piense así. He dicho que no hay que hablar de cosas tan graves antes de saber lo que uno quiere, antes de tomar una decisión.

- Pero Vincent, cariño  -dijo "cariño" porque sabe que me molesta-, no pensarás tomar tú sólo esa decisión en el silencio de tus paseos, mientras yo me tumbo al sol esperando a saber qué decide el señor sobre mi vida...

- Naturalmente que tengo que decidir yo sólo si "yo" quiero tener un hijo, que-ri-da. Que luego lo tengamos o no dependerá también de ti...

- Pues yo creía que las cosas eran de otra manera; yo creía que un día se te olvidaría comprar preservativos, que al darnos cuenta nos entrarían ganas y que simplemente esa noche nos importase más hacer el amor que no tener un hijo. Pero tú te tomas todo tan en serio que te imagino haciendo un balance de los pros y los contras: más gastos, menos tiempo; más tareas, menos aburrimiento con Juliette; más preocupaciones, pero también la satisfacción de ver cómo va creciendo; hasta que un día me digas "Juliette, tengo que hablar contigo, he llegado a la conclusión de que quiero tener un hijo; cuando tú también quieras me lo dices y lo intentamos". Menudo corte a partir de entonces en la cama, imagínate, hacer un hijo en vez de follar. No, Vincent, no sé quién te ha dicho a ti que los hijos nacen de decisiones conscientes y responsables, y no de un descuido o de una imprudencia, de una trampa de la naturaleza. ¿Tú sabes cuándo una mujer decide de verdad querer tener un hijo, Vincent? Lo decide cuando le acaban de confirmar que está embarazada.

--X--

Esta noche también estoy insomne. La luna está muy alta y el mar tranquilo. Se oyen grillos. Si fumase, éste sería el momento idóneo para encender un cigarrillo. Las estrellas están ahí, idénticas a sí mismas, desdramatizando el cielo y el universo, convirtiéndolo en figuras y guiños. Lo mejor del verano son las noches, es como si todo fuera más verdadero y más ancho. En el balcón corre alguna brisa, pero me gusta seguir aquí sentado, desnudo, con la botella de agua, oyendo cómo respira Juliette en la cama. Hace un rato ha venido hasta aquí descalza, envuelta en la sábana, con cara de sueño; "¿estás bien?", me ha preguntado, abrazándome por detrás y dejando caer su pelo en mi hombro. Qué idiota soy, lo primero que pensé fue si iba al baño por un preservativo, menos mal que, como no sabía lo que hacer, me volví hacia ella, empecé a besarla, noté su deseo y contagió al mío, la senté encima de mí, luna desnuda, ola suave y perezosa, y fue una mezcla otra vez perfecta entre follar y hacer el amor. Ahora, las primeras mareas del sueño están tirando de mí y el reflejo de la luna en el mar se confunde con la barandilla del balcón y cuando se cierran mis ojos el brillo sigue ahí, pero empieza a ser otra cosa, es un reflejo que tiene que ver con si prefiero un hijo o una hija, qué tonto estoy, --y vuelvo a abrir los ojos y ver el reflejo de la luna entre los barrotes de la barandilla-- si antes debo saber si sí o si no. Pongamos las ideas en orden. Creo que antes de dormirme llegué a pensar que Marie sería un nombre bonito, aunque quizás ya estaba durmiendo.

Deja tu comentario

Los comentarios dan vida al texto y lo pone en movimiento.