El juez sin atajos.

In memoriam, José Manuel de Paúl Velasco.

Son casi las dos, y eso significa que José Manuel está a punto de abrir la puerta, de asomarse y de decirme: "¿qué?". Ese "qué", a esta hora, no es un qué cualquiera. No tiene que ver, por ejemplo, con si he leído ya el borrador de la sentencia que hemos deliberado. Significa que él, que llegó al tribunal casi de madrugada, ya se marcha, ya ha terminado y quiere saber si la cerveza se la va a tomar solo o conmigo.

Cualquier otro día yo le habría pedido un minuto para terminar la frase que tenía a medias y cerrar el ordenador, y él con leve gesto de fastidio diría que ese minuto siempre son cinco. Pero hoy, justo ahora, al entrar, se ha topado con una fotografía suya en la pantalla de mi ordenador y con un titular que nos va dar que pensar y que hablar: “Muere José Manuel de Paúl, magistrado de categoría excepcional en la judicatura andaluza”. José Manuel ha puesto cara no sé si de “qué cosas pasan”, o de “qué cosas dicen”. Esa cara suya de sorpresa ingenua, casi de asombro tímido. Yo, que estoy triste y vacío por la primera palabra del titular, bajo con él las escaleras nobles de la chancillería, saludamos al guardia civil de la puerta y, apenas hemos salido a Plaza Nueva y abierto los paraguas, él se enciende un Camel. “Qué cosas dicen”, dice por fin, “magistrado excepcional: es una manera de llamarme raro”. Raro, claro que sí -pienso yo-, como los mejores.

El País en su mano, y por tanto en papel, ya leído a primera hora, salvo alguna pieza que se ha dejado para la siesta. Con la mañana a la espalda, avanzamos con dirección a la taberna de siempre, sorteamos la marabunta de la salida de un colegio, una furgoneta pisa el charco y salpica su impecable pantalón gris, pero él no se da cuenta. Quizás es que no ha sabido leer bien el titular y no se ha enterado. Pero yo sí. El día está llorando, quiero decir, lloviendo.

En la taberna pica con sus manos nerviosas de uñas mordidas las almendras o aceitunas que acompañan a la tapa. Cualquier día la charla podría haberse decantado por una dificultad que me tiene atascado en un asunto, y él, muy discretamente, sin querer influir demasiado ni dar lecciones, despliega su colosal mapa del derecho penal y me señala con el dedo la provincia, la comarca, la localidad y a veces la esquina concreta en la que puedo encontrar un criterio de los que dan luz y sombra para poder elegir. O, si el periódico cae en la mesa del lado de la portada, podríamos hablar del asunto político del día o de la semana, cada uno con su énfasis propio, él generalmente más asertivo. También sería posible que hablásemos de un libro recién terminado, pero entonces él enhebraría ese libro con cinco más, de los que yo habría leído uno, tendría noticia de otro, e ignoraría por completo los otros tres. Puede que, si estuviera por allí Eduardo, aludiera a Gil de Biedma, y entonces ambos, al unísono, sin previo acuerdo, como ocurrió aquella vez, recitaran aquello de “en un viejo país ineficiente, / algo así como España entre dos guerras / civiles en un pueblo junto al mar, / poseer una casa y poca hacienda / y memoria ninguna. No leer / no sufrir, no escribir, no pagar cuentas / …y vivir como un noble arruinado / entre las ruinas de mi inteligencia”. Luego de la cerveza, un vino blanco, con la tapa de sobrasada y queso. Y la lluvia detrás de la ventana, que sigue llorando sin que José Manuel se dé cuenta.

Pero hoy hemos hablado de ese extraño titular que había en mi pantalla del que creo que él ha leído sólo la segunda parte. Él está hablando de qué cosas dicen, yo estoy pensando en qué cosas pasan. Él admitiendo que ha hecho poco más que trabajar toda su vida, yo sabiendo que su vida acabó ayer. Pero entro a su juego, y le digo con convicción que claro que es un magistrado excepcional, y no sólo de la justicia andaluza; que algo falla en este país sin ambición que no aspira a que juristas como él puedan ser magistrados del Tribunal Constitucional. Él ríe con cierto estrépito, quizás porque el elogio exagerado que temía era que lo llevase al Supremo, pero no al Constitucional. Que qué cosas digo, protesta, si él solo sabe un poco de derecho penal y cuidar la redacción. No le dejo pasar la modestia: de derecho penal, el mapa entero; y de derecho civil, lo que haga falta. Le recuerdo la primera sentencia que leí suya, hace muchos años, de doscientas páginas, con motivo de una apelación en un juicio con jurado que él presidió, en la que era difícil el cálculo de la indemnización derivada del delito. La guardé como un manual completo sobre los asuntos más complicados del baremo de indemnización por daños causados por accidentes de tráfico.

“Soy muy pesado, ya lo sé”, se defiende él del elogio. Pero no sólo derecho civil, insisto yo, que quiero hoy dejarlo claro, como si no hubiera otra ocasión: también la teoría general del derecho, el derecho constitucional, los fundamentos del sistema jurídico. “Anda, Nico, ponnos el último”, respondería él. Y no sólo eso, continuaría yo: si es que tú, José Manuel, discutes de pericia con los peritos, resuelves una ecuación con dos incógnitas en una sentencia, calculas cuántos “Juan Martínez” (el nombre de un intruso fantasma en la escena del crimen invocado por el acusado) hay en España, y dominas la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos citándola de memoria al modo anglosajón, con los nombres de las partes. Y finalmente le apretaría a conciencia admirándole su absoluta resistencia a dejarse tentar por atajos, su manera de entender las reglas jurisprudenciales mejor que quienes las crearon, su abrumadora contundencia para no dejar resquicio cuando está argumentando por qué condena o por qué no lo hace, su lúcido enojo con cualquier inconsistencia argumental o rutina casposa, o con los estribillos que repiten quienes sólo saben lo que son capaces de malcopiar,  o con los tics autoritarios con que algún juez quiere compensar su falta de oficio.

Le dejo protestar por mi laudatio. Dice de sí que él sólo es un “experto en cosas inútiles”, como recitar un poema, haberse leído todos los Episodios Nacionales o completar la entrada en Wikipedia de un autor ruso que nadie conoce. Y yo le doy la razón. Inútil, sí. Inútil como un libro leído o una biblioteca. Como hacer justicia cuesta arriba o contra el viento. Como pinchar con el filo de palabras exactas globos y burbujas de tópicos gastadísimos. Inútil, como el derecho y los derechos. Como el siglo XX. Como el pensamiento. Como las sentencias suyas que tengo guardadas en papel, subrayadas con gestos de admiración. Como nuestra conversación. Como la felicidad en la taberna a mediodía.

Ya son las tres. Hora de irse a comer. Otro Camel al salir de la taberna. Seguimos el camino. Él, sin saber todavía que ya no está, hacia el convento de las Comendadoras, donde se aloja los días que vive en Granada. Yo hacia mi casa, que está al lado. Quizás a la tarde nos veremos en el tribunal, después de la siesta. Quién sabe. O puede que en Medellín, en una visita a vuestra acogedora casa de jubilados, y vayamos con Isabel al teatro romano, o a Guadalupe, o demos un paseo hacia el puente sobre el Guadiana, o nos quedemos por la noche charlando hasta tarde. Tantas cosas inútiles. Tan inútiles como un buen amigo.

Deja tu comentario

Los comentarios dan vida al texto y lo pone en movimiento.