¿Por qué creo que sí hay que leer “La peste”?

Quizás tendría que explicar por qué pongo tanto empeño en recomendar a amigos la lectura de 'La Peste’ de Albert Camus en estos días. Vargas Llosa, al enterarse del repunte de ventas que está teniendo ahora, ha dicho que es una novela mediocre. Lo siento, para mí eso es más un problema de Vargas Llosa que de ‘La Peste’: Vargas Llosa ha envejecido de determinada manera, y acaso se ha alejado demasiado del "momento vital" en el que 'La Peste' es capaz de decirte algo profundo, sin lo que queda convertida en la crónica de una epidemia, y por tanto en una novela mediocre. No me estoy refiriendo a la edad, sino a una determinada manera de hacerse mayor. Pero no quiero hablar de Vargas Llosa, sino de 'La Peste'. De ella, lo más nítido que puedo decir es que nunca podrá interesar a un cínico, justamente porque es una novela sobre la moral humana. Pero sobre una moral sostenida tenazmente sin la ayuda de fundamentos ideológicos..

También puedo decir que he tenido la sensación de que 'La Peste' fue escrita para que yo la leyera. Tal es el nivel de identificación que he llegado a tener con el núcleo dramático de la novela. Con casi un siglo de anticipación, Camus desplegó y gastó, en esa novela, lo más valioso del equipaje con el que ahora yo me encuentro. Intentaré explicarme, sin necesidad de desnudarme demasiado.

La novela utiliza una epidemia como excusa. Dicen que también como metáfora, ya sea de la guerra (ahora estamos comprobando cuánto se parece una pandemia a una guerra), ya de la colonización de una sociedad entera por el nazismo. Yo creo que esto es verdad, pero no deja de ser una excusa. Las ratas muertas no son el drama, ni el bacilo aniquilador: son sólo el contexto del drama de la novela. El drama tampoco es una idea abstracta de humanidad, ni la lucha por un relato sobre el humanismo. El drama está dentro del personaje principal, que se narra a sí mismo en tercera persona: el doctor Rieux.

Rieux no sabe por qué se entrega hasta el límite como médico de unos enfermos a los que no puede curar. Cuando se constatan los primeros muertos con síntomas inequívocos, y aparece por primera vez la terrible palabra ("peste"), Rieux está mirando desde una ventana, y se siente desprevenido: "Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas" . La guerra nunca parece que pueda durar, porque es demasiado estúpida, pero "la estupidez insiste siempre, uno se daría cuenta de ello si no pensara siempre en sí mismo". Por eso la humanidad no cree en las plagas, porque siempre piensa en sí misma, y no puede concebir que de pronto una peste pueda "suprimir el porvenir, los desplazamientos y las discusiones". Rieux está mirando por la ventana, y al mismo tiempo que ve una ciudad normal, ensimismada, incompatible con la plaga, ve también un cielo brumoso, una "pesadez tibia" y un reflejo de plata o acero en el mar, el vaticinio de una tragedia que podría estar sólo empezando. En ese momento abre la ventana, el ruido de la ciudad "se agitantó de pronto", y escuchó el silbido de una sierra mecánica. "Allí estaba lo cierto -dice entonces el narrador-, en el trabajo de todos los días. El resto estaba pendiente de hilos y movimientos insignificantes, no había que detenerse en ello. Lo esencial era hacer bien su oficio". Esa fue su oración antes de zambullirse en aquella "lucha sorda entre la felicidad de cada hombre y la abstracción de la peste", una abstracción de la que hay que ocuparse cuando está dispuesta a matar.

Pero, ¿por qué lo hizo? ¿Por qué en vez de seguir las erráticas indicaciones de las autoridades se enfangó en las entrañas de la peste y reclutó a voluntarios para una batalla que él mismo calificó como "una interminable derrota", exponiendo sus vidas más allá de lo inevitable? En conversaciones incesantes aparecen expresiones como "morir juntos", compasión, comprensión. Llega a decir Rieux, quien descree del heroísmo, esa frase central: "el único medio de luchar contra la peste es la honestidad"; pero cuando el amigo le pregunta qué es para él la honestidad, Rieux sólo contesta: "No sé qué es, en general. Pero en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio". Es una moral desprovista de explicaciones, de doctrinas y de soportes en una creencia o en una ideología redentora  o taumatúrgica: se trata sólo del instinto moral de quienes, "no pudiendo ser santos, se niegan a admitir las plagas y se esfuerzan, no obstante, en ser médicos" .

El instinto moral se convierte en compromiso. Un compromiso con drama y sin más premio que el de ponerse de parte de los apestados y poder decir "algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio". Instinto moral sin ortopedias ideológicas, y compromiso: ¿entienden por qué digo que "La peste" es lo mejor que se ha podido escribir contra el cinismo? Si además la narración de la vida de una ciudad confinada por la epidemia está plagada de momentos, detalles y escenas con la sobriedad y precisión de estilo propias de Albert Camus, ¿entienden por qué no paro estos días de sugerir a mis amigos que es un buen momento para leerla?

 

3 Respuestas

  1. No tengo talento para describir qué es la vida. Y cuando llega la muerte, cuando llegan estas muertes absurdas e inmerecidas, sólo puedo acordarme con cariño de quien sufre y pedir que no venga a visitar a los de mi sangre.

    Salud.

  2. Le voy a dar la oportunidad al libro. Gracias por la recomendación.

  3. ¿INSTINTO MORAL?…

    Yo tampoco se qué es «honestidad», pero no por ello puedo/debo entender que el «buen verdugo» que ejerce pulcramente su oficio sea baluarte de «honestidad».

    Ni siquiera la RAE se acerca al concepto de «oficio» cuando define honestidad como cualidad refiriéndose a «aquél que ES; decente, decoroso, recatado, pudoroso, razonable, justo, probo, recto u honrado». Mucho menos lo admitiría Camus.

    Cínico, por el contrario, lo define la RAE con precisión meridiana diciendo, inter alia, que es un adjetivo «dicho de una persona que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas…»

    Pero ¿Qué es «instinto moral»?… ¡Una pregunta grande!

    Así el 21 de diciembre de 2018 se podía leer en este balcón:

    «Rieux no obró por fe, ni por convicción ideológica, ni por compromiso político, ni por supuesto por interés, sino por algo mucho más profundo: por instinto (a mí no me importaría llamarlo “vocación”, pero la palabra “instinto” es más universal).»
    ¿Qué es entonces «vocación moral»?… sigamos leyendo:

    «El instinto de la humanidad (y por tanto “el destino del hombre”) es, como también decía Fichte, “correr infatigablemente hacia un futuro mejor”, negarse al “juego vano que nace de la nada y vuelve a la nada”.»

    Si el destino es una idea que invoca el determinismo existencial de un mundo sumergido en la perplejidad de un futuro ya previamente escrito en un pasado eternamente actualizado, no es posible entender el misterio de una elección voluntaria imbuido en el propio concepto de «vocación».

    Negar la contingencia del futuro mediante el determinismo metafísico del destino es tanto como postular la falta de libertad individual concatenada con la consecuente falta de responsabilidad.

    El razonamiento carece, pues, de sentido porque al ser indescifrable en lo concreto no abandona el omnubilante mundo de la fe. Tanto es así que resulta hasta curiosa la referencia al «cielo brumoso» del nebuloso otoño francés.

    Un concepto, brumario, de amplia tradición gabacha contrarrevolucionaria, toda vez que el 18 de brumario del año VIII del calendario jacobino de la Revolución Francesa, día 9 de diciembre de 1799 del calendario cristiano, Napoleón Bonaparte puso fin a la vocación francesa de liberté, égalité, fraternité.

    Resulta, pues, ciertamente brumosa la metafísica esfervescente de literaturas onomatopéyicas zigzagueantes.

    ¡Mulgere Hircum!

Deja tu comentario

Los comentarios dan vida al texto y lo pone en movimiento.