La ideología del espectáculo

Los teóricos de la sospecha nos enseñaron a descreer de nuestros pensamientos, sugiriéndonos que no resultan de la observación ni de una reflexión pura, sino que están contaminados con la ideología. La ideología se convirtió en un concepto peyorativo: un conjunto de prejuicios que absorben la realidad y la acomodan a lo que de antemano nos interesa ver y pensar. La ideología interpone una lente entre nosotros y la realidad, crea zonas ciegas y hace cocina con los datos obtenidos en bruto por la experiencia. Para dar un paso de aproximación a la verdad, una de las primeras tareas era reconocer la propia ideología, por más que esa deconstrucción exija un esfuerzo constante que nos aleja continuamente, cansinamente, de la comodidad intelectual. Igual que la mejor cura contra el nacionalismo es viajar, también es necesario abrirse a la perplejidad si uno quiere escapar de un pensamiento codificado que convierte las ideas, por naturaleza líquidas, en sólidas cápsulas que o las tomas o las dejas.
 
Es verdad. Pero el problema es que las ideologías no se han sustituido por una afanosa búsqueda honrada de la verdad, ni por el pensamiento libre y emancipado, sino por morralla televisiva, por frases brillantes, por lemas, por modas y, disculpen la expresión, por gilipolleces rimbombantes. Si existiera un TAC del pensamiento, descubriríamos cuánto agujero insustancial, cuánta estupidez, qué enorme inconsistencia constituye el tejido de lo que presuntuosamente llamamos nuestra "manera de ver el mundo". Es mentira todo: no nos interesa el mundo, sólo buscamos la alegría efervescente de un gol en la portería ajena.
 
Era mejor la ideología. Por lo menos la ideología tenía un pasado, un lento proceso de elaboración hecho de siglos, un condensado de dogmas, principios y conceptos que resistían al viento. Uno se adhería a una ideología, la aprendía, la cultivaba, y en ella encontraba respuestas resistentes a la última imbecilidad oída en una tertulia de televisión o al último comunicado del portavoz de un partido político.
 
Había carlistas, liberales, cristianos, socialistas, anarquistas, tradicionalistas. Eran etiquetas que aplastaban los matices y suministraban "nidos calientes" en los que cobijarse frente la ignorancia, al misterio, a la duda, incluso a la verdad que a veces se intuía fuera. Pero estaban amueblados con maderas nobles que ayudaban al discernimiento.
 
En la habitación del hotel he encendido la televisión y me he asomado a programas de gran audiencia que no conozco ni mucho ni poco, y me he quedado preocupado. Es muchísimo más saludable para el pensamiento el sermón de un cura que la insoportable levedad deliberada de esta civilización cretina del espectáculo.
 
Mañana pensaré de otro modo. Desayunaré y me diré que en nuestras sociedades abiertas hay enormes espacios donde se cultiva la virtud intelectual, y que no es vano el esfuerzo de científicos, de filósofos, de investigadores. Incluso comprenderé que entre las conversaciones de bar se cruzan verdades con mentiras, que la vida y la muerte pueden más que la televisión y nos obligan de vez en cuando a sentirnos pequeños y a hacernos buenas preguntas,  y que la levadura es, a la larga, más resistente que la masa. Claro que sí. La solución no es la ideología, capaz de generar guerras en nombre de dioses pequeños. Pero esta noche he llegado a añorar el tiempo en que nos dejábamos engañar por las ideologías grandes y severas, y no por ocurrencias de plástico pintado con colorines  

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