La honestidad, según Camus.

Es una pena que "La peste" sea una novela que esté dejando de ser universalmente leída. Soy fanático, rozando con lo fetichista, con algunas obras literarias que me han marcado. "La peste" es una de ellas. Probablemente porque sospecho una sintonía con Camus en algunos aspectos verdaderamente fundamentales: no me refiero tanto a los posicionamientos ideológicos como a las grandes preguntas que se hace, y cómo se las contesta.

Hay unas cuantas escenas de diálogos entre personajes atrapados en Orán en las que asoman esas grandes preguntas. En una de ellas, están hablando Rambert (alguien que está intentando "comprar" una salida individual para sí mismo, y escapar de Orán por amor a una mujer de la que el confinamiento le ha separado), Tarrou y el doctor Rieux. Rambert está intentando explicarles a Rieux y a Tarrou (que están luchando a brazo partido contra la peste), que él cree que escapando de Orán  está siguiendo algo así como su vocación, y que vale más arriesgarse por un gran sentimiento que por una gran idea: "estoy harto de la gente que muere por una idea. Yo no creo en el heroísmo; sé que eso es muy fácil, y he llegado a convencerme de que en el fondo es criminal. Lo que me interesa es que uno viva y muera por lo que ama", les dice Rambert. Camus dice, entonces, que Rieux (su gran personaje), después de haber escuchado con atención a Rambert (a quien nada le reprochaba), le dijo con dulzura: "El hombre no es una idea, Rambert". Y luego añadió:

- "Tiene razón, Rambert, tiene usted enteramente razón y yo no quería por nada del mundo desviarle de lo que piensa hacer, que me parece justo y bueno. Sin embargo, es preciso que le haga comprender que aquí no se trata de heroísmo. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar contra la peste es la honestidad".

Rambert, entonces, le preguntó, qué era para él la honestidad, y Rieux le contestó:

- "No sé qué es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio".

Todavía Rambert les dijo a Tarrou y a Rieux que ellos no tenían nada que perder con todo aquello, y que así "es más fácil estar del buen lado". Rieux no contestó. Iba a acabar así la conversación, porque el doctor dijo que tenía que marcharse porque tenía mucho que hacer. Cuando salían, Tarrou se volvió a Rambert, y le dijo:

- "¿Usted sabe que la mujer de Rieux se encuentra en un sanatorio a cientos de kilómetros de aquí?".

Rambert "hizo un gesto de sorpresa". A primera hora de la mañana siguiente, telefoneó al doctor:

- "¿Aceptaría usted que yo trabaje ahí hasta que haya encontrado el medio de irme?

Tras un silencio, Rieux contestó:

- "Sí, Rambert. Se lo agradezco mucho".

Sí, es cierto. A la peste no se le combate con heroísmo, sino con honestidad. Esta idea, que puede parecer simplemente ocurrente, es en realidad el nervio principal de la novela.

Busquen en su estantería, o en la de sus padres. Seguramente encontrarán un ejemplar de "La peste", porque hace apenas un par de décadas era una novela universal. Ábranlo, empiecen a leer.

4 Respuestas

  1. OH LA, LAAA… Albert again… ¡one more times!

    Camus, convertido en «tiesto» del balcón; recurrente y recurrido; paisano lejano que apoyaba la república exiliada en el siglo de las «revoluciones traicionadas», retorna –por si no se fue–, invocado hoy en el siglo de las «revoluciones juzgadas»…

    ¡La peste!… Rieux… y el virtuoso misticismo del balcón de los peligros de secano en vértigo permanente sobre el territorio del vacío de Alain Corbin…

    ¡Pa peligros la mar!… que pa eso los antiguos la caracterizaban como el recipiente abisal de los restos del diluvio… Pero ¡Retornemos al jardín!…

    Camus el autor políticamente correcto, y defenestrador de Sartre; el famoso destornillador de imperios.

    Camus periodista, redactor jefe de «combat» en los tiempos de las clandestinidades de los años treinta franceses…

    No es la honestidad lo que explora Camus, sino la culpabilidad; la «falsa» lucha contra la injusticia, la opresión y el oscurantismo en el mundo de los tres tiempos de la conveniencia que conforman la eternidad del verbo; el pretérito, el presente y el futuro.

    Camus sabía que lo peor siempre es posible y puso en boca de Rieux; «que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante décadas aletargado entre los muebles y la ropa, que espera pacientemente en las habitaciones, en las bodegas, en los baúles, en los pañuelos y entre los papeles, y que tal vez llegue un día en que, para desgracia y escarmiento de los hombres, la peste despierte a sus ratas y las envíe a morir en una ciudad feliz”.

    Camus baña a Rieux en la tinta de Robespierre; …

    «¿Hasta cuándo el furor de los déspotas será denominado justicia, y la justicia del pueblo barbarie o rebelión? ¡Cuánta ternura para los opresores y cuánta inexorabilidad para con los oprimidos! Nada más natural: quien no odie el crimen no puede amar la virtud. Sin embargo, es preciso que sucumba uno u otro. Indulgencia para los realistas, exclaman ciertas gentes. ¡Gracia para los infames! ¡No. Gracia para la inocencia, gracia para los débiles, gracia para los desdichados, gracia para la humanidad! La protección social sólo les es debida a los ciudadanos pacíficos; no hay otros ciudadanos en la República que los republicanos.»

    La honestidad es una virtud moral y si los antiguos cristianos definían la virtud como el amor conforme al orden (el ordo amoris), Robespierre define el principio de la virtud como el amor a la patria, a sus leyes y al principio de igualdad; el principio de la virtud republicana.

    Consecuentemente cuando hablamos de honestidad hablamos de sometimiento. Pero ¿de sometimiento a qué; al ordo amoris cristiano, o al principio de la virtud republicana?…

    Hacer un oficio es un deber (obligación), no una virtud.

    Hacer un oficio es hacerlo conforme a los cánones (leyes o reglas del oficio), y no hacerlo así es una impostura que conculca tanto el «ordo amoris», como la virtud republicana.

    La deshonestidad tiene que ver con la impostura del mal hacer, no con la obligación de hacer, o bien hacer.

    Decía Robespierre: «La tiranía mata, y la libertad pleitea; y el código hecho por los mismos conspiradores es la ley por la cual se los juzga.»… ¿Qué virtud es ésta?

    A la peste se le combate con conocimiento (ciencia y rigor). Ningún heroísmo o virtud (convicción o creencia), tiene efecto alguno sobre el mal. Pero el desprecio al conocimiento (ciencia y rigor), si determina la culpabilidad de todo virtuoso impostor, bribón, o falso virtuoso (las ratas).

    Rieux dixit; «… y que tal vez llegue un día en que, para desgracia y escarmiento de los hombres, la peste (el mal) despierte a sus ratas (los impostores conspiradores) y las envíe a morir en una ciudad feliz» (la ciudad del orden justo y bueno; la ciudad republicana).

    ¡Eppur si muove!

    Le «combat» de Camus… today:

    http://www.2019/05/el-abre-la-puerta-la-caza-de.html?fbclid=IwAR3usWlqhY0siqh-NImqkSeQRvv2_2PS32-1uWtaFrp7XGtHTKbzTOQVQ0

  2. 1.- “La peste” debería ser un libro de lectura obligatoria para todos los alumnos de Bachillerato, con carácter transversal al currículo de cada uno. Alegoría política aparte, contiene un programa de ética laica (pero no incompatible con la religión) que todo adolescente debería conocer. ¡Qué buenos seminarios se podrían hacer en clase comentando su lectura!

    A diferencia de ti, yo leí la novela con esa edad (en una edición de bolsillo de Sudamericana, que encontré de segunda mano en la calle Libreros de Madrid; uno de los primeros libros que compré de mi bolsillo) y me ha “marcado” tanto como a ti. Si me hicieran la pregunta tópica de cuál es mi héroe de ficción preferido, contestaría sin dudar que el Dr. Rieux.: el hombre que hace lo que hay que hacer simplemente porque sabe que hay que hacerlo, no por devoción a ninguna idea trascendente, sino por fidelidad a sí mismo y lealtad al resto de los seres humanos.

    2.- Temo, sin embargo, que pecas de optimista cuando datas en “un par de décadas” el proceso de olvido (relativo, claro está) de “La peste”. Yo creo que empezó bastante antes: al menos en España, en los años ochenta, coincidiendo con el famoso “desencanto” (¿desencanto de qué?), cuando al lector y al intelectual “comprometidos” les sucedieron el lector hedonista y el intelectual escéptico y “au dessus de la melée”. Así nos va.

    Aunque “La Peste” no ha dejado de reimprimirse periódicamente (pero no encuentro ninguna edición reciente en internet), me parece que hace mucho tiempo que la novela más citada de Camus es la más “existencialista” “El extranjero” (que tendría que releer; en su día no me dijo gran cosa), seguida por la póstuma “El primer hombre”, a raíz de su descubrimiento en los 90.

    3.- Quizá deberías incluir en este post un enlace al anterior que escribiste sobre “La Peste”, más descriptivo que este. A ver si así la gente se anima.

    Un abrazo.

    • La mejor edición es la de Edhasa (2005). Creo que debes regalártela.
      Yo también creo que “La peste” es su gran obra. También me impresionó enormemente “La caída”, un monólogo de alguien que se define a sí mismo como “juez-penitente”, que no para de condenarse a sí mismo para quizás así salvarse.

      Y en efecto, “La peste” (y en general Camus) ahonda en el abismo del sentido ético (el compromiso) cuando no se es capaz de fundamentarlo en una “idea”. Por eso es tan sumamente interesante.

  3. Si soy honesto, debo decir que no se me ocurre ningún mensaje sobre la honestidad – decencia, pudor, verdad, decoro, dignidad, recato, rectitud, honradez – porque es un concepto que inmediatamente remite al entorno social, personal, profesional, vecinal y político no exactamente envidiables. Tú quieres ser honesto pero es imposible, al salir todos los días de casa, no llevar en la mochila una guarnición de mala uva, anhídrido carbónico, desprecio punitivo, contraréplica para responder a toda una caterva de especímenes molestos que inevitablemente nos rodean, no obstante conquistas humanas como el contrato social, las Constituciones y el descubrimiento del número pi. Hay que ser malo a veces, con dos únicos límites : el delito y el agua de colonia de calidad.

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